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Cuento

 

 

 

El León Dorado



 


Recuerdo en mi niñez
cuando ibamos a dormir,
venia hasta mi cama un león
dorado como el sol.

Todas las noches entraba
majestuoso por la ventana,
de la luz de una estrella
prendido se deslizaba.

Dormía en mi cama vieja
con mi pequeña hermana,
y en las noches de invierno
la tapaba con la manta.

-Cierra los ojos tonta,
no te muevas mi cielo,
que el león dorado no piense
que no estamos durmiendo.


Al acercarse a la cama
le asíamos la cola,
nos llevaba suavemente
más allá de la aurora.

Entre las nubes
saltabamos, corriamos,
y cuando nos buscaba el león
siempre nos escondíamos.

¡Qué inmensa alegría!
cuando nos llevaba volando,
que pequeñas las cosas
cuando estabamos en lo alto.

-¡Ana que haces,
no saques la lengua!,
que algunos animales
te pueden ver a la legua.

-¡No la saco, puñeta!
lo que pasa es que el viento
me mete en la boca

el dichoso pelo.

Pero algunas veces
el sueño se complicaba,
baliar en la tempestad
como un barco en la mar brava.

-¡Agarrate fuerte ana,
que vienen nuebes negras!
¿no ves salir los rayos
de la oscura tormenta?


-Sujetate Ana,
que viene el relámpago.
-No puedo hermano, el agua
me resvala las manos.


Ay!! que me caigo
al negro huracán,
socorro, salvarme,
no sé volar.


Por suerte esa noche
apareció una cometa,
surcando las nubes
con mil piruetas.

Ella se agarró a su cuerda
juntos escapamos
y con una despedida
nos fuimos volando.

Cruzamos las estrellas,
mi hermana en su cometa,
yo con el raudo león,
a años luz de la tierra.

Al fin llegamos,
allí está la luna pálida,
siempre tan hechizante,
siempre tan cálida.

Durante toda la noche
jugabamos entre sueños
y todas las mañanas
guardabamos los recuerdos.