kavanarudén

Única melodía (reflexión)

 

Hace años leyendo “La dinámica de lo inconsciente” de C.G. Jung me encontré con esta frase: “Totalmente desprevenidos entramos en el atardecer de la vida. Lo peor de todo es que nos adentramos en él, con la falsa presunción de que nuestras verdades e ideales nos servirán a partir de entonces, pero no podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana, pues lo que en la mañana era mucho, en el atardecer será poco y lo que en la mañana era verdadero, en la tarde será falso”.

Confieso que en aquella oportunidad no le hice tanto caso. Ahora que estoy pisando los cincuenta años, releerla me hace reflexionar. Reflexión que quiero compartir.

 

Aprendí desde muy niño a agradar a los demás y, algo muy importante, a no defraudarlos. No debo confiar en mí, en mis capacidades. Patrones de conducta fui asumiendo, porque era lo normal. Ser diferente, pensar diversamente era considerado un pecado.

Soy hijo de una educación tradicional en donde “el qué dirán” tenía un peso importante. Me recuerdo una vez, una discusión con mi madre, (discusión por decir, era más un monólogo ya que yo solo tenía que escuchar y obedecer. Ninguna réplica y menos expresar mi parecer) ella me dijo: “Omar recuerda que nosotros somos una familia decente, respetable”.

De pequeño tuve inclinación hacia la actuación, el canto y el baile. En la escuela no había obra de teatro en donde no estaba yo. Pero eso eran cosas de niños. Muy pronto me hicieron comprender (la letra entra con sangre) que eso no era para persona “decentes o respetables”, sino para aquellos y aquellas de “dudosa reputación”.

Rememorando aquellos años sonrío y comprendo a mis padres. Hijos de una cultura, de una sociedad. Siempre han querido lo mejor para su prole. El patrón de familia, de educación que tenían era el que ellos mismos habían recibido. No los culpo, los entiendo, pero también tengo que reconocer el mal que eso me hizo, siendo una persona con una sensibilidad a flor de piel. También es justo reconocer que muchos valores se arraigaron gracias a ellos.

 

Escogí una carrera, una forma de vivir convencido que era lo que quería. Con los años me di cuenta que lo había hecho para dar gusto y en el fondo tranquilizar a mis padres. Que su hijo tuviera una carrera y anduviera por la recta vía.

Cierro mis ojos y puedo escuchar a mi madre muy orgullosa decir: “Gracias a Dios, todos mis hijos tienen una carrera. Tienen sus familias. Están bien encaminados”.

 

He ido descubriendo un mundo de creencias, aprendidas en el “amanecer” de la vida que me limitan ahora que entro en el “atardecer”.

Irlas desmontando ha sido una liberación. Un proceso para nada fácil porque esas creencias te dan “seguridad” y en el “atardecer de la vida” lo que queremos son seguridades. Algunas creencias las he purificado, otras he abandonado.

La pregunta existencial es: ¿Dónde quedo yo en todo este plan? ¿Protagonista o papel secundario en mi vida? ¿Qué es lo que yo quiero y no lo que quieren o esperan los demás de mí?

Cada uno nace con una peculiaridad, con un “de suyo”, como dirían los filósofos. Con una melodía única que con el tiempo vamos abandonando y, lo peor, en algunos casos, llegamos a olvidarla perdiéndola para siempre.

El atardecer de la vida te lleva a la búsqueda de lo esencial. Te da la oportunidad de encontrar de nuevo esa melodía y vivirla en plenitud.

Para encontrarla es necesario el silencio. Si no se hace silencio es imposible escucharla. El silencio que te lleva a la reflexión, a dejarte “fluir” descubriéndote parte de un todo. Algo te guía, algo mayor que tú a lo cual no te debes resistir. Para mí, como creyente es Dios. No te mueras con la melodía dentro ya que serás un proyecto de Dios frustrado. Que tú mismo has frustrado. Regresar hasta el sentido de la vida teniendo la certeza de que nos van a guiar, que no estamos solos, de que tenemos una naturaleza y que podemos confiar en ella.

Quiero tocar mi melodía, quiero expresarla al mundo, con el solo propósito de ser.