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CRÓNICAS DE UN CORAZÓN PERDIDO - Capítulo I: \"El último recurso\"

 

EL ÚLTIMO RECURSO

 

Entenderme es difícil... Difícil y odioso, diría yo. Quienes me conocen por primera vez piensan que encontraron un gran amigo, un confidente, alguien en quien confiar; mientras que los que me han gozado con el tiempo, no saben si alejarse porque soy demasiado malo, o quedarse cerca porque soy demasiado bueno. Y esto se debe a que no creo en \"puntos medios\", mi vida esta basada totalmente en los extremos. Siempre he dicho que las posiciones neutrales son para pusilánimes, o para aquellos que por conveniencia intentan ocultar su posición.

Mi nombre es Ian, y como has de ver, soy complejo. Tengo una forma de amar, de pensar, y convicciones propias. No creo en refranes, religiones, y, principalmente, en la gente. Mas no siempre fue así; en la vida existen un sinfín de procesos, los mismos que la mayoría de personas ignoran por facilismo o temor, y para bien o para mal siempre intento seguirlos sin saltear etapas. Pero para explicar todo lo antes mencionado tenemos tiempo de sobra, así que comencemos con mi historia, para que tengas una idea de lo que te estoy hablando.


***


Cuando era pequeño creía ser el salvador del mundo, que Dios me envió a la Tierra para hacerla un lugar diferente, y aunque eso no dista mucho de mi actual forma de pensar, existe una pequeña diferencia: En ese entonces sabia discernir entre el bien y el mal, mas ahora, solo veo consecuencias.

Durante mi educación primaria jamás me preocupé por la gente, pasaba los días jugando, siendo un alumno destacado en mi clase y un modelo a seguir para mis compañeros. Pero todo cambió durante mi educación secundaria, pues mis padres, luego de una pelea que tuvieron, terminaron por distanciarse. Razón por la cual, me cambiaron de colegio de una forma casi traumática; pues me vi de cara con la realidad: Estaba solo.

Desde entonces las personas jugaron un papel importante en mi vida, pues necesitaba de ellos. Es difícil pasar de un lugar donde uno es el ejemplo, a otro donde nadie te conoce, ni te quieren conocer. 

La primera persona que conocí - si pudiera describirse así al primer contacto que tuve - fue una chica llamada Gloria. Me acerqué a ella no porque fuera bonita, sino porque el asiento libre más próximo era el que estaba a su lado. Esbocé una leve sonrisa, y mientras tomaba asiento me di cuenta que se había ido. Ésa fue la primera vez que me sentí rechazado.

Conforme pasaban los días la distancia se acentuaba más. Ya para ese entonces comencé a entender lo que era el amor - o las pantomimas del mismo que suelen tener los adolescentes -, a ver parejas besándose, o cogidas de la mano, y a la vez me preguntaba: ¿Por qué yo no? 

En el colegio habían muchas chicas bonitas, pero cada vez que me sentía atraído por alguna de ellas, me estancaba, pues no encontraba la forma de acercarme y mucho menos de hablar. Además, al encontrarme solo, 3 chicos comenzaron a verme como una presa atractiva para hacerle 
bullying, y eso me hacia \"menos digno\" de tener una novia.

Todo comenzó con un estúpido juego escolar al que denominaban \"tarde\", el cual consistía en hacer una especie de pacto entre 2 personas - en su mayoría hombres -  el cual permitía que uno de ellos golpee al otro, ya sea con una patada o un puñete, si es que lo agarraba desapercibido. Y yo, como quería de cualquier manera conseguir \"amigos\", decidí enrrolarme en las filas de aquellos hombres ridículos, haber si así tenía alguna oportunidad de socializar. Pero fué en vano, porque en lugar de ser amigo de ellos, terminé siendo su saco de box.  

He aquí lo que llamo yo \"el primer golpe\", la primera vez en que me sentí casi destruido y decidí hacer algo al respecto. 

- Ian, este fin de semana vamos a salir con tu papá. ¿Te parece?
- Esta bien mamá.
- Y también volveremos a casa.
- ¿Nos iremos de la casa de la abuela?
- Si hijo. ¿No queremos incomodarla, o si?
- Pues no, además ya quiero verlo, aunque a Ivette le de igual.
- ¿Estas bien hijo? ¿Qué tal el colegio?
- Todo bien, aunque tengo algunos problemas con respecto a las clases... Veras... No entiendo muchas cosas... No entiendo porque... Porque...
- Explícate, así la que no va a entender nada soy yo...
- ... no entiendo porque no tengo amigos, porque todos se conocen y tienen tanta confianza, y yo, yo... tampoco porque tengo que pasar por todo esto... Mamá, abrázame... - y comencé a llorar - Te quiero... y me siento mal...
- ¿Por qué, Ian? - ella también estaba triste - Cuéntame.
- Mamá, en el colegio hay un juego... donde las personas hacen un pacto, y se golpean, y yo lo juego también, pero ahora me pegan incluso si digo que no estoy jugando... No lo soporto, los odio...
- ¿Qué? ¿Quién te pega?
- Juan Carlos, Carlos y Tomás... 
- Hijo... Iré mañana al colegio a ver ese asunto. Te prometo que no volverá a pasar.
- Mamá...
- ¿Algo más, hijo?
- Te quiero...
- Yo mucho más, cariño...

Ésa noche no dormí. Y aunque no pensaba en nada durante mi insomnio, creo que en mi corazón, mis pequeños demonios orquestaban algo en contra de los que me pegaban.

Aquel día llegué al colegio temprano, y cuando comenzó el receso entendí porque no dormí. Ese día no debía estar lúcido, ese día debía desconocerme. Ese día busqué a cada uno de los que me pegaban por separado, dispuesto a darles su merecido. El primero fue Juan Carlos, al desgraciado me le aventé con todo y rompí el labio de un puñete, y para cuando la sangre brotaba de su boca yo ya lo estaba pateando en el piso. El segundo fue Carlos, con el tuve dificultades, a él no lo pude desgraciar como al otro, solo recuerdo que le tapé la cabeza con la chompa que llevaba puesta y golpeaba en las costillas. A Tomás... pues él si me pegó, pero al menos entendió que no era alguien a quien debía tomar a la ligera; además un año después, mi primo Junior, terminaría noqueando a su hermano mayor en clase de Educación Física, y eso sirvió para que se diera cuenta que no estaba solo y que mi familia era de armas tomar.

A partir de entonces, comencé a hacer algunos amigos, y aprendí que la violencia es el último recurso; que no se justifica, pero se entiende; y que no tiene nada de malo llorar si es que encaras tus problemas con valentía. La vida no esta hecha para cobardes, por eso son cobardes los que se suicidan; y aunque en una ocasión pensé en seguir ese camino, al final comprendí que si no puedes ser valiente para ti, puedes ser valiente para otros, como yo cuando vi llorar a mi madre muy discretamente mientras me hacia el dormido.


CRÓNICAS DE UN CORAZÓN PERDIDO
Capítulo I: \"El último recurso\"
Autor: Jean Pierre Domers