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El decimo poema

Katia y su mirto

 

 Atravesare tu alma en un sin fin

de cartas a recuperar por tu espejo,

al caer los versos sobre tu cintura

volverás en besos recientes y añejos,

según resbale la peonia en tus labios

golpeare el mirto, suave,

lleno de belleza impura que penetra

en el mar y sale de la espuma,

suave como la flor que penetra

mi corazón, al que golpetean

los lirios al cantar su canción,

errantes gemidos que describen

nihilismo en noches de pasión.

 

Robada ya ha sido mi alma,

que resbala sobre una fuente

jamás lícita, pero permitida tal vez

por Venus,

que caída la luna robados mis sueños,

fueron entregados el rencor de los trasmundanos,

el dolor y la labia no fueron opción,

ante tantas letanías que jamás cumplieron su misión.

 

Por que perfecta es la distancia,

por que calla a una flor,

en múltiples jardines

de tu piel de jazmines,

de la pasión la escuela jamás compuesta

atreves de tus piernas, exploradas,

por mis dedos al piano de Chopin,

bella y pura alma de versos

en los libretos de Dickinson.

 

 

Katia y su mirto,

siempre mía,

la mejor de las mentiras.