LIZ ABRIL

REFLEXIÓN SOBRE UN AMOR

Sólo quedaba una opción para un amor que crecía en forma tan escandalosa y deliberada: explotar y desparramarse.

Como un gran globo de cristal sus pedazos se esparcieron y aunque traté de buscarlos o recuperarlos, uno a uno los fui perdiendo. Algunos se desintegraron, otros se confundieron con el rocío en la hierba. Otros se elevaron tanto que se colgaron de la cola de un cometa que iba pasando por casualidad.

Aunque dicen que las casualidades no existen... así, que supongo, que la única función de que pasara en ese momento el cometa por ahí, era precisamente que un pequeño pedacito de ese amor se prendiera a él.

Y así, cada vez, que parecía que estaba por descubrir una parte minúscula de ese imaginario cristal que me reflejaba, así, con esa misma intensidad el reflejo desaparecía.

La sensación de vacío en todo el cuerpo, por supuesto, fue la vaticinada en todos aquellos poemas que decían que no podría vivir sin él.

¡El inmenso poder de los decretos! 

Esos decretos que tan poderosamente condicionan nuestra vida, fueron encargándose de hacerse realidad.

Era un amor tan grande, tan grande, pero tan grande, que no permitía respirar, ahogaba en el pecho los latidos. Era capaz de detener el paso del tiempo, de traspasar los límites del espacio, de anular cualquier razón que comprobara lo inútil de su existencia.

Y claro, así es el amor... O al menos ese amor egoísta que quiere poseer a la persona amada, hasta el punto de que se pierda en la nada cualquier objeción, cualquier distracción, cualquier otro motivo que no sea ser el centro de atención de ese ser que despierta tan tremenda pasión.

Vivir pendiente de su respiración, de sus miradas, de la más leve caricia, de una palabra, un beso o sólo de esa ilusión empecinada de compartir una vida a su lado.

Pero, bueno, tenía que explotar y así lo hizo.

Lo positivo de semejante explosión fue la libertad.

Ya no se comprimía el pecho y los latidos se producían independientemente de su ausencia o su presencia.

Fue así, como me di cuenta que era inolvidable, tanto como había sido de imprevisible. Y cada día, en cada caminante que pasa por mi lado, busco esa mirada especial, esa pequeña señal, esa pequeña astilla de cristal que vuelva a reflejarlo.

Y entonces sé que ese amor está en todos y en ninguno, que vaga tan libre como yo por este mundo y tal vez también explora algún universo lejano y desconocido.

Conocer el amor... no es poca cosa.

Hay muchos que pasan por la vida sin tener esa posibilidad.

Tal vez han sido amados y no lo saben. Pero jamás amaron, que en definitiva, creo que es lo que nos da la medida justa de este sentimiento, que precisamente se caracteriza por no tener medida.

Lo curioso de todo ésto es que después de explotar y desparramarse, la minúscula partícula que quedó se hizo tan poderosa que concentró en su interior esa esencia del amor, capaz de volverlo totalmente incondicional, generoso, desinteresado, abnegado y con una gran capacidad de comprender y perdonar.

Esa misma partícula, en su afán de preservarse y prevalecer, se escondió en el rincón más recóndito del alma, llevándose a su escondite sus sueños más preciados y algunas ilusiones.

Hoy se que es posible vivir sin él. 

Porque tengo guardada en el alma la herencia más grande que pudo dejarme el amor: la capacidad de volver a amar.