Heliconidas

Plegaria de un labriego hebreo

Bajo el sol de Tamuz, aventando paja y sueños

y en noches de rocío al crepitar de los leños,

allí cavila el labriego su acervo pesar.

En lo que siempre ha sido, en su trajinar lento

va lanzando al voleo paradojas al viento

como uvas maduras al estrujo del lagar.

 

Al pie de su lar, los primeros rayos del día

lastiman sus ojos ante la oscura porfía.

En el eterno retorno del surco está su don.

Su cosmogonía es el círculo de uróboros,

la agonía de Sífiso y el trillar de toros

que rompen la tierra entre yugos y agijón.

 

Alza su rezo al cielo implorando paciencia

y al que observa desde lejos ruega con urgencia

que alivie su dualidad de páramo y vergel.

Desde el alba hasta el poniente con tenaz arrecia

descubre el misterio insondable de la especia

que por siglos perfumó su pródigo cordel.

 

Su jornada es rebusca de un lejano tesoro.

Ensueños de mijo, cebada y trigo de oro.

Caridad del polvo que del Seol subirá.

Paladín de la mansedumbre y el sosiego,

a la sombra de la higuera se oye su ruego

al rastro de un milagro, su omer de maná.

 

Meses de calor, de lluvias y duros contrastes.

La blanca siega ya esboza sus claros abastes.

La espiga dorada se mece madura al sol

y mientras corta su hoz bajo el cielo que arde

espera el beso de la brisa de la tarde.

Bendición que alumbra con su ocaso de arrebol.