Anapa10

19 cartas de amor de un moribundo. II

Cuando examiné a fondo aquella alma tuya, juro que no sé cómo lo supo el cielo pero, llovió. No fue tanto por tristeza, sino por alegría: me di cuenta que no había nacido solo en el mundo y que ahora estabas tú.     No era tanto tu cuerpo, tu carácter cambiánte o el hecho de que no me importaría ver tu pelo vuelto un desastre ni sentir tu aliento de camionero cada mañana: era y sigue siendo ese sentido innato de saber sanar el alma con una sola palabra.   Tenerte al lado todos los días al final de clases, era un espectáculo. Me gustaba analizar tu frente sudándo y cada mueca que causaba el inclemente sol en tu arrugada frente: no podía imaginar verte de vieja, observar tu cara y recordarte maldiciéndo la claridad de mediodía.   ¿Recuerdas las veces que hablábamos hasta tarde en las noches? Fueron las que me dejaron pensando en mi futuro: me hiciste saber que merecía un futuro. Las tardes con los amigos en común, el café donde te vi y la primavera en la que supe que estarías a mi lado aún luego de graduados: todos esos instantes, se remueven en mi cabeza ahora y son inolvidables.   Mi destino era conocerte aunque no fueras a ser mía, aunque tu camino se desviaba al final del día y a pesar de que nuestros dedos no encajaran, te necesitaba. Lastimosamente, el amor es ciego y su lealtad, a veces radica en la necesidad, por lo que no he amado a nadie que no fueras tú en esta vida.   No, no te preocupes querida: me bastaba con ver de lejos tu sonrisa y saber que yo jamás te haría sonreír así. Me quedó claro desde que te vi. No fue porque me menospreciara, era porque una persona como yo no merecía un amor como el que sabía tenías para dar. Me disculparas por suponer que jamás me quisiste pero, cabe resaltar que amarte fue lo único para lo que en realidad sirvió éste horrible y enfermo corazón.   Imagino que desde que te hablé en aquel salón de tres por dos lo supiste. Mi nerviosismo me delató; sé que no fui del todo amable al pedir un simple y estúpido lápiz, pero me molesté conmigo al no tener una forma menos cliché y más atrevida de acercarme a la chica que sabía, desde el primer momento, era el amor de mi vida.   Llámame cobarde entonces, dejándole a la muerte el encargo de confesar mi amor, sin embargo: ¿Me prestas un lápiz? Por favor...