Walter Trujillo Moreno

CIGARRITO DEL RECUERDO

No hay recuerdos libres, sin espacios de la memoria libre,
no se puede soñar libre sino se vive libre hasta el final

 

El sol en el cenit
mi yo sentado en la banca de mi parque preferido,
calor sofocante, ausencia de viento,
me invade el ruido revoltoso de
una pileta delante de mis ojos y
los gritos de niños traviesos.

Me inquieta un pensamiento pasado,
no lo quiero dejar escapar,
recuerdos parte de mi paraíso,
mi olimpo, mi castillo;
me refugio allí,
cuando me siento solo, triste, pensativo, desesperado
y sin deseos de mirar el futuro.

Mi recuerdo, mi pensamiento me lleva al salar de Uyuni en Bolivia,
paseo a lo largo de ese desierto blanco, de ese mar de sal;
deambulando, asombrado, sin palabras,
queriendo fijar un punto en la distancia.
Pierdo la conciencia al mirar cuando el cielo se une con la tierra.
Mis sentidos se fueron al suelo, mis ojos dejaron de moverse,
mi nariz crecía en dirección del olor intenso de la sal,
mi cuerpo dio un giro de 360 grados y caí pesadamente
sobre un mar seco y blanco.
Cuando desperté en mi inconsciente,
pensé que la eternidad estaba congelada,
los ángeles existían y Dios era “el blanco”,
como la ilusión y lo blanco del horizonte diáfano.

Al momento me dije: no tuve tiempo de despedirme de mi madre,
mis hermanos, amigos, enemigos;
nunca se enterarán, donde estoy ahora,
ni les podré decir si vale la pena creer en algún Dios,
creer no en la velocidad sino el tiempo,
terminarán ellos en el lugar donde ahora estoy,
o en un mar rojo o cubierto de carmesí y púrpura ardiente.

 

Cuando sentí que nunca más retornaría,
encerrado en mi, en mi dialogo interno
sentía la luminosidad del dios Sol sobre mi cara y frente,
todo olía azufre y sal húmeda.

Ruidos como suspiros agitados,
mueven y erizan mi cabello rebelde,
percibo la mujer que cambio mi vida,
deseos, sueños, trivialidades, posibilidades;
por muchas horas, minutos, años en la mitad de mi corazón,
al borde de mi ego,
y al frente de mis realidades objétales.
Fue mi naturaleza que todo lo crea, que se la vive,
se la siente, todo lo destruye, mi objeto en sí, para sí y para siempre.


No fuiste tú, mujer que perdí un día,
fue un beso de la naturaleza encerrado en una duna de sal
filtrando el viento galopante y alterando mi cuerpo.

Para volver total en sí, enciendo un cigarrito cubano,
dejo correr en mi cabeza una canción de Víctor Jara,
multiplico mis conexiones cerebrales.


Jamás dejaré de contar esa historia,
os juro por el día que nací y los días
restantes que aún retoñan en mi.

Os juro que seguiré contando esta historia,
por la mujer que se quedo a vivir
en mis recuerdos, mundo, pensamientos y en mí.

 

Por Walter Trujillo Moreno, Abril 2015

Poema dedicado al recuerdo, que nunca muere y se va siempre con uno
y deja de existir al momento que realizamos el ciclo final al ser.