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EXTREMO: LA MUERTE

Debe apagarse la llama de amor que hiela las manos sin  piel;

que ciega los labios, al secarse esperando la humedad de otros labios;

y que inquieta el pecho, si saciado de su néctar está el corazón.

Que convierte en cenizas la razón, ardiendo en locura el sinsabor:

mirar el viento y abrazar la tierra, tratando de alcanzar el canto

de un ave en libre vuelo, celosa del rocío de rojas saetas;

detener la riada del  magma por los caños, que quema las entrañas,

moja picos, campos y cavernas, en la soledad de albas y ocasos.

 

Debe apagarse la llama  de amor,  antes de que se haga tempestad

la brizna de nostalgia que lacera el pecho y se haga vida, la muerte.