kavanarudén

Sigo caminando

 

 

 

 

 

 

Mientras escribo las horas pasan lentamente, como el rosario en las manos de mi abuela, como la corriente de un riachuelo verso el mar.

La música armónica de Kenny G. deleita mis oídos calando poco a poco, lentamente dentro de mí, despertando tantos sentimientos en mi ser inquieto.

 

Oteo por mi ventana, una mañana serena. Se escuchan los trinos de las aves a lo lejos exaltadas por la llegada de la primavera. El viento fresco peina suavemente los pinos de la arboleda cercana. En la lejanía veo el tren que pasa velozmente, ¿quién sabe dónde irá? Tantas personas dentro, cada quien con sus pensamientos, recuerdos, preocupaciones…..la vida que viene y va, la vida que pasa.

 

Amo la quietud y el silencio que me ayudan a entrar en mí, a reflexionar, analizar, evaluar, pensar.

 

Casi media vida ha pasado por mis manos. He recorrido montañas, sabanas, llanuras, ríos, mares. He conocido grandes ciudades en las cuales he vivido y también pueblos humildes, caseríos y barrios.

 

El pueblo Pemón (pueblo indígena venezolano) me ha ofrecido su kachiri (bebida fermentada hecha con la yuca), el cual he bebido con gusto. He comido su cumache (un tipo de salsa picante o no sacado de la yuca amarga) junto al pez recién pescado del río Aponwao, acompañado del casabe (torta hecha con la harina de la yuca).

El cielo estrellado de la Gran Sabana fue mi techo, cobijó y cuidó mis sueños. Cuántas veces pude contar las estrellas en medio de la quietud de la noche o simplemente contemplar la luna llena que me parecía que podía tocar si extendía mi mano.

Experiencias que me han enriquecido y ayudado a ser quien soy.

 

He aprendido que la grandeza del ser humano está en el ser y no en el hacer, en el tener. Digna y felizmente como al lado del que tiene y también del que no tiene nada. La hospitalidad que te brinda alguien, es el gran tesoro que te ofrece. Prefiero un huevo frito hecho con amor junto a un vaso de agua o una cervecita, que langosta o caviar con Dom Pérignon, hecho sin amor con un segundo interés egoísta.

 

He aprendido a ser agradecido, a mostrar una sonrisa aun si el dolor dentro me reclama una lágrima. Los otros no tienen culpa de mi desventura.

 

He podido aprender, a lo largo de mis años, que no me debo avergonzar de mis sentimientos, de lo que siento, de mis lágrimas, de ofrecer un abrazo o una caricia a quien la necesita y quiere, sin importarme lo que puedan pensar los demás.

 

El encuentro con tantas personas, lenguas y culturas diversas me ha ayudado a valorar la diferencia y mis raíces.

 

Grandes maestros en la pedagogía y, sobre todo, en la humildad, me han enseñado que mejor llegar a la cima por tus méritos, por tus propias fuerzas, que por recomendaciones, por oportunismos dañando a los demás.

 

Una mano exigente encontrada en el camino de mi vida, me hizo valorar el empeño, la justicia, el esfuerzo, la templanza, la responsabilidad, la tenacidad, la prudencia, la fortaleza. Me cacheteó, cuando era justo y necesario hacerlo, pero también me acarició, cuando era el caso. Experimenté la diferencia entre una y la otra cuando se hace con amor.

 

Aprendí que mi mirada puede construir, pero también tiene la fuerza de la destrucción. A identificar mis zonas oscuras, esa parte de mí, fuerza increíble que estará siempre, que puede ser canalizada hacia la creación, a la hermosura, la nobleza.

 

Mirando y aceptando mis límites me he dado cuenta que soy un ser perfectible y no perfecto, en relación constante; esa relación que me enriquece dándome la oportunidad de confrontarme con otros y conmigo mismo.

 

Aún hay mucho por aprender, enfrentar, confrontar….

Mi fe en Dios me mantiene, sobre todo en los momentos en que la vida se hace cuesta arriba, junto con la mano amiga que nunca ha faltado.

El amor, aunque ahora lejos, está y me fortifica. Don y tarea constante.

El futuro, lo sabemos todos, no existe, será lo que vaya construyendo.

Sigo la senda, sigo mi camino con la frente en alto.

Me abrigo, se acerca una tormenta…….