Hector Adolfo Campa

Amores, fuegos de antaño.

Solo estaba con copa en mano,

Inflamado por llamaradas del pasado,

Amores, fuegos de antaño.

 

Aquel beso primero, que todo mundo,

Y todo cielo me concebía.

No recuerdo nombre ni apellido...

Número uno, así le llamaría.

 

Luego estaba la jovencita,

Cuerpo esbelto de febril armonía,

Prendas vírgenes que mis manos roían,

Beso inexperto, caricia cohibida.

Su nombre, ignota...

Número siete nombré su caída.

 

Una diosa le siguió con alevosía.

Largas piernas con sazón a putería,

Medias negras que me atrapaban con lascivia;

Sexos de infierno, un templo de Venus

En el cual mis devotos ardían.

Nombre repudiado por abandono...

Fatídico doce se adjudicaría.

 

Inocencia en los ojos

 y voracidad en la contienda;

Con el cuerpo de luna menguada,

Que se mueve ágil en los eufóricos mares de mi vigilia.

Su nombre prohibido no he de nombrarles...

Veintitrés ahora es nombrada,

Aquella valquiria querida.

 

Aparece la bailarina, sobre mis infiernos desolados;

De cuerpo ligero, como pluma que cae de los cielos;

Sus muslos de guillotina que cortaba mi cuerpo,

Deshaciendo mi alma, con su mirada de loto.

Seudónimo de pesadilla y respeto...

Veintiséis nuestros encuentros,

Veintiséis su número en mi recuerdo.

 

 

Ya media noche sonando en mi derredor;

Borrascas y anonimatos.

Escucho que llaman a la puerta,

Tomó de golpe la sangre de mi copa,

Apago el cigarro, el corazón viento en popa.

La encuentro a ella, en el umbral de mi vida.

La miro extasiado, incinerante.

Más fuego y caudal,

Un todo escondido en su crisálida fatal,

Su fragante himno de la libertad.

 

La beso, me quema y entra en mi lecho.

Tras ella entra todo cuanto es lo bello,

Cuanto es sacrílego y bendito, ferviente y fortuito.

Con su nombre de ángel que el cielo me ha enviado,

Conozco el abrumador fósforo del amor flamígero, alado...

Es ella -me digo- y la cuenta se cierra en su latido,

En su mano sosteniendo mi destino.