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Darío Ernesto

Noche

 

 

 

¡Oh la noche se viste de compañera!

Donde están sus caderas

Sus perímetros

Sus golfos, sus bahías

Su aroma a mujer en su éxtasis

Otra noche de viento silbando por las rendijas del alma

Por los pasillos se oyen las goteras, de un rebelde grifo

Oscuridad eterna como la muerte

Anda mi cuerpo, enloquecen las manos

Caminan los pies peregrinos

 como un satélite sin luz propia

Girando en circulares rutinas

Mientras las miserables horas son un sequito de segundos pordioseros

Mezquinos en andar, pausadamente, de un tiempo infinito

Como lo son las distancias

Entre la tierra y el sol

¡Oh noche, letal de penumbras largas!

Noche que encandilas el pensamiento a los solitarios poetas

A los ancianos, que inventan ecos y  voces

de la niñez de los hijos

Noche que  asustas con tu silencio de estrellas

Mecidas las copas por el viento frío  del sur.

¡Oh noche de eternidades celestiales!

Noche que meces los pinos centenarios en la tierra de los muertos

Una de estas noches,

me llevaras

Por los pasillos de viejas baldosas amarillas

 a esa tierra prometida, volarán los pensamientos

a  esos  lares, morada del descanso eterno

 ser un verso póstumo, un libro, una pagina.

Inscriptas  en los gritos  de espantos y soledades

¡Oh  mi tierra, me llama, la madre del ser!

¡Oh sombra, confusión, invento, de  algún ser divino!

Y entre las sabanas de insomnios

Las tristes horas pasan  pausadamente hacia la misma muerte

Del  abrazo  y amanecer que el caminante anhela

Solitarias sillas de viejas maderas en compañía

En el aire, en la calma, el respirar aun pausado

Un poema suelto, excusa  maravillosa acortando las

Aletargadas  agujas de un reloj mustio

En paredes solitarias, mudas,

 con ojos de soledades incontenibles.