LIZ ABRIL

HERIDAS

Uno nunca sabe si la herida cerró del todo...

divagar es fácil, suponer también.

Uno no sabe que el dolor está  agazapado,

hasta que alguien o tal vez uno mismo

en ese afán de comprobar que es cicatriz

escarba y escarba hasta entender

que la herida aún está ahí.

Y recién entonces cuando punza el dolor

lacerante como la vez primera,

entonces uno entiende que el tiempo es relativo

que a veces pasa y otras veces se queda,

haciendo guardia, firme, detenido,

en un rincón del alma y la sustancia

con su burlona sonrisa de tiempo mal habido.

Entonces cuando sangra y el sollozo

que provoca el dolor nos amedrenta,

entonces, sólo entonces comprendemos,

que nadie sabe si el olvido o el recuerdo

es en realidad la peor de las condenas.

Una muerte tan lenta y provocada

por un asesino cruel que nunca cesa

en su cometido de desgarrar el corazón,

sin que siquiera nos estemos dando cuenta

que no le hace falta para matar una razón.

Trastabillando y con los ojos abiertos

por la sorpresa de comprender que somos débiles,

cuando creíamos que poseíamos la fuerza

de convertir los errores en aciertos,

retrocedemos al ver que en este juego

sólo hay aprendices para siempre

y que nadie es experto ni profeta.

Entonces uno se pregunta...¿hasta cuando

será que la sangre de mi herida

se desparrame dejando sus manchas

en mi pobre alma estremecida?

Y la respuesta llega hasta la mente...

sin dudas, brota simplemente...

junto con la lágrima que estaba suspendida,

cuando la sangre no circule por las venas,

cuando el alma por fin se encuentre libre,

entonces, de la mano con la vida

¡el dolor se marchará tras de la muerte!