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Socorro Maria Lopes

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ La Mariposa y el Caballito

 

Esta es la historia de dos criaturas de Dios que vivían en un bosque lejano allí hace muchos años.

 

Eran un caballo y una mariposa. En realidad, no tenían prácticamente nada en común; pero en dado momento de sus vidas se acercaron y se crearon un vínculo.
La mariposa estaba libre volaba por todos los rincones de la selva adornando el paisaje. Pero el caballo tenía grandes limitaciones, no era un animal suelto que pudiera vivir rendido o entregado a la naturaleza.

A él, cierta vez, alguien que visitó la selva, le colocó una cabestro y desde entonces su libertad se redujo mucho más…

A la mariposa, sin embargo, a pesar de que tenía la amistad de muchos otros animales y la libertad para volar por todo el bosque, le empezó a agradar estar en compañía del caballito, de hecho, le encantaba quedarse a su lado y no era por lástima, sino por compañerismo, afecto, dedicación y cuidado.

Así, todos los días, lo iba a visitar y allí llegando, siempre se llevaba una patada, y luego en seguida una sonrisa. Entre las dos cosas ella optaba por olvidar la patada y guardarse la sonrisa dentro de su corazón. Siempre el caballito le insistía a la mariposa que lo ayudara a cargar su cabestro debido a su enorme peso. Ella con mucho cariño, intentaba de todas las maneras posibles ayudarlo, pero esto no siempre se podía, claro. Ella era una criatura tan frágil…
Pasaron los años y una mañana de verano La mariposa no se asomó visitar su compañero.


Él ni se dio cuenta, de tan preocupado que todavía estaba en deshacerse de su cabestro y el peso que llevaba.
Y otras mañanas vinieron y miles y miles de otras, hasta que llegó el invierno y el caballo sintiéndose muy solo, finalmente se dio cuenta de la ausencia de la mariposa.
Entonces decidió dejar su rinconcito y salió a buscarla.

Caminó por todo el bosque para observar cada rincón donde ella podría estar escondida, pero no la encontró. Cansado se acostó bajo un árbol.
Poco después de estar ahí, un elefante se acercó y le preguntó al caballito quién era y que estaba haciendo allí.

-Soy el caballito del cabestro y ando buscando una mariposa que se desapareció
- ¿Oh, entonces eres el conocido caballito?

-¿Conocido, Yo?

-Es que tuve una gran amiga que me dijo que también era tu amiga y hablaba muy bien de ti. Pero, cuéntenme en fin, ¿a qué mariposa estás buscando?

-Es una mariposa hermosa, colorida, muy alegre. Ella sobrevuela el bosque todas las mañanas visitando los animalitos, sus amigos.

-¡Vaya! Pero era exactamente de ella de la que te estaba hablando. ¿No te has enterado? Ella murió hace mucho tiempo.

- ¿Murió? Pero… ¿Cómo pudo ocurrir eso?

-Dicen que ella conoció, aquí mismo en el bosque, a un caballito, así, igual a ti, y todos los días cuando ella lo visitaba, él por descuido, le clavaba una patada. Ella siempre volvía con heridas horribles y todos le preguntábamos quien se lo había hecho, pero ella nunca se lo decía a nadie. Siempre insistíamos mucho en saber quién era el autor de tan terrible maldad, pero ella respondía, que solo quería hablar de las buenas visitas que había hecho en la mañana y era cuando empezaba a hablar de ti, siempre llena de gran alegría…

En ese momento el caballito ya estaba llorando. Y eran muchas las lágrimas de tristeza y pesar.


 - No llores mi amigo, sé cómo debes estar sufriendo. Ella siempre me dijo que tú eras su mejor amigo… pero entiéndelo, fueron tantas las patadas que recibió de ese otro caballito, que ella terminó perdiendo sus alas, luego se puso muy enferma y triste. Así que sucumbió a las heridas y murió.              

-¿ Y por qué ella no me quiso avisar, o mandar a llamarme en sus últimos días?

- No lo sé. En realidad ella no quería hacerlo. Todos los animales del bosque queríamos ir a avisarte, pero ella nos dijo lo siguiente:

\"No vayan a molestar a mi amigo con pequeñeces, él tiene un gran problema para el cual siempre me pedía ayuda, pero yo nunca fui capaz de ayudarlo a resolver. Él lleva en su parte posterior un cabestro, que le pesa mucho en la espalda. Por eso, sería demasiado agotador para él poder llegar hasta aquí”.

Moraleja:


Tú puedes aceptar cuantas patadas te puedan dar… aunque te regalen, en seguida, besos, caricias, afecto, amor o amistad. Pero en algún momento de tu vida, las heridas que acumularás ya no podrán ser cicatrizadas, y no serás capaz de sanarlas.

A veces, estamos tan centrados en nosotros mismos, intentando sobrellevar nuestras propias debilidades, que no nos damos cuenta del daño que le podemos hacer a aquellos que nos quieren bien... acabamos por ser egoístas aun sin quererlo.

Y cuanto al cabestro que tengas que llevar durante tu existencia, no pidas que te ayuden a cargarlo por ti, o contigo… ni busques culpar a nadie por el peso que tienes que llevar. A fin de cuentas, muchas veces, tú mismo fuiste quien se lo puso sobre tu espalda.


NOTA: Cualquier semejanza con los seres humanos a los que usted conozca, posiblemente no será una mera coincidencia.