Hugo Emilio Ocanto

Profecía (Poema) Autor: Rafael de León -- Interpreta: Hugo Emilio Ocanto

Me lo contaron ayer

las lenguas de doble filo,

que te casaste hace un mes

y me quedé tan tranquilo...

Otro cualquiera en mi caso,

se hubiera echao a llorá,

yo, cruzándome de brazos

dije que me daba igual.

Nada de pegarme un tiro

ni enredarme en maldiciones

ni apedrear  con suspiros

los vidrios de tus balcones.

¿Que te has casao? - ¡Buena suerte!

Vive cien años contenta

y a la hora de la muerte,

Dios no te lo tenga en cuenta.

 

Que si al pie  de los altares

mi nombre se te borró,

por la gloria de mi mare

que no te guardo rencor.

Porque sin sé tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

yo fui quien más te ha querío,

con eso tengo bastante.

Y haciendo un poco de historia,

nos volveremos atrás,

para recordar la gloria

de mis días de chaval.

 

-¿Qué tiene el niño, Malena?

Anda como trastornao,

le encuentro cara de pena

y el colorcillo quebrao.

Y ya no juega a la tropa,

ni tira piedras al río,

ni se destroza la ropa

subiéndose a coger níos.

¿No te parece a ti extraño?

¿No es una cosa muy rara

que un chaval de doce años

lleve tan triste la cara?...

Mira que soy perro viejo

y estás demasiao tranquila:

¿Quieres que te dé un consejo?

Vigila, mujer, ¡vigila!

(Y fueron dos centinelas

los ojitos de mi mare):

-Cuando sale de la escuela

se va pa los Olivares.

-Y ¿qué es lo que busca allí?

-Una niña. Tendrá el mismo tiempo que él.

José Miguel, no le riñas,

que está empezando a querer.

Mi pare encendió un pitillo,

se enteró bien de tu nombre,

y te compró unos zarcillos

y a mí un pantalón de hombre.

 

Yo no te dije ¡te adoro!

pero amarré en  tu balcón

mi lazo de seda y oro 

de primera comunión.

Y tú, fina y orgullosa,

me ofreciste en recompensa

dos cintas color de rosa

que engalanaban tus trenzas.

 

-Voy a misa con mis primos.

-Bueno, te veré en la Ermita.

Y qué serios nos pusimos

al darte el agua bendita.

Mas luego en el campanario,

cuando rompimos a hablar:

-Dice mi tiíta Rosario

que la cigüeña es sagrá,

y el colorín, y la fuente,

y las flores, y el rocío,

y el romero de los montes

y el bronce de esta campana

y aquel torito valiente

que está bebiendo en el río,

y aquella  cinta lejana

que la llaman horizonte.

¡Todo es sagrao: cielo y tierra,

porque too lo hizo Dios!

 

¿Qué te gusta más? ¡Tu pelo!

¡Qué bonito le salió!

-Pues, ¿y tu boca, y tus brazos,

y tus manos redonditas,

y tus pies fingiendo el paso

de las palomas zuritas?

 

Con la pureza de un copo

de nieve te comparé;

te revestí de piropos

de la cabeza a los pies.

A la vuelta te hice un ramo

de petiminí precioso.

Y luego nos retratamos

en el agüita del pozo.

Y hablando de estas pamplinas

que se inventan las criaturas,

llegamos hasta la esquina

cogidos por la cintura.

Yo te pregunté: -¿En qué piensas?

Tú dijiste:- En darte un beso.

Y yo sentí una vergüenza

que me caló hasta los huesos.

De noche, muertos de luna,

nos vimos por la ventana.

-¡Chis!... Mi hermanito está en la cuna,

le estoy cantando la nana.

\"Quítate de la esquina,

chiquillo loco,

que mi mare no quiere

ni yo tampoco.\"

 

Y mientras que tú cantabas

yo, inocente me pensé

que nos casaba la luna

como a marío y mujer.

 

¡Pamplinas! Figuraciones

que se inventan los chavales,

después la vía se impone:

tanto tienes, -tanto vales.

Por eso, yo al enterarme

que llevas un mes casá,

no dije que iba a matarme,

sino que me daba igual.

Mas como es rico tu dueño,

te vendo esta profecía:

Tú, cada noche, entre sueños

soñarás que me querías,

y recordarás la tarde

que mi boca te besó.

Y te llamarás ¡Cobarde!

como te lo llamo yo,

y verás, sueña que sueña,

que me morí siendo chico.

Y se llevó la cigüeña

mi corazón en su pico.

Pensarás: no es cierto nada.

Yo sé que lo estoy soñando.

Pero allá en la madrugada

te despertarás llorando,

por el que no es tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

sino el que más te ha querío:

con eso tengo bastante.

Por lo demás, tó se orvía.

Verás cómo Dios te envía

un hijo como una estrella.

Avísame deseguida,

me servirá de alegría

cantarle la nana aquella:

 

\"Quítate de la esquina,

chiquillo loco,

que mi mare no quiere

ni yo tampoco.\"

 

Pensarás: \"No es cierto nada.

Yo sé que lo estoy soñando\".

Pero allá en la madrugada

te despertarás llorando

por el que no es tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

sino el que más te ha querío:

con eso tengo bastante.