Oscar Perez

Para fundar el cielo

Para fundar el cielo

 

Habría que haber muerto allá en la cuna

o habría que haber nacido disparando,

imagínense mi madre en la camilla

y yo a diestra y siniestra con un rifle entre las manos,

qué balacera, señores, qué metralla,

tres médicos heridos, un paseante en coma

y hasta mi propio padre lanzándose al pasillo

y los obispos negros escapando a rajatabla.

Que no venga la vida a darme dramas,

que no venga la muerte con su grito,

a balazos lo hubiera reparado todo,

pero el daño estaba hecho, ya era el parto,

ya era el ver perdido el ser eterno,

y de ser transparente hacerme a rayas,

a cuajos de pasión, de sangre, de tejidos

y de un fiel esqueleto, siempre atento al desarrollo.

Yo apenas fui un retoño estremecido,

desnudo y frío, pálido, llorando,

ni cuando nace un potrillo es tan endeble,

apenas es parido ya se para,

ya se alza en cuatro patas, huele el viento

y tras amamantar se va por las praderas.

En cambio, yo, que aún no me despierto,

no dejo ni mi cuna ni mi río,

recuerdo en cada tarde aquellas tardes

en que en mi pueblo y frente a aquellas aguas canto

y dejo transcurrir mi tiempo y vida entre sauzales,

yo, que de mi madre no me alejo,

ni cuando, muerta, se me marcha a aquellas flores,

que aplaudo, pido, lloro, que me acuesto

con tanta soledad pese a los cuerpos a mi lado,

con tanta voluntad pese a las llagas que me cruzan,

con tanta vanidad como la cruz de que me alegro,

habría que haber muerto, eso les digo,

tan sólo por probar el otro lado,

la puerta oscura, a ver si lleva hacia el abismo

o hacia el constelado espacio de los sueños plenos,

habría que saber lo que allí existe,

lo que se pierde por optar por esta esfera,

por este sol que nos carcome con su espuma

dorada, maquinal, ensoñadora,

habría que buscar dónde está el padre,

aquel que se me fue mientras dormía

y que no llama aún para contarme

si existe allá otro patio como el suyo,

otro jardín con menta y yerbabuena

y caquis y naranjos y su higuera,

habría que morir, porque morimos

de todos modos presos en la tela

de un mundo desigual, baldío, impropio

que no nos deja ser porque no quiere,

que no nos hace más que girar tuercas.

Es bello, yo lo sé, yo amo la vida,

pero me falta que todos la amemos,

que sea para todos cielo puro

y abrigo y esperanza de ser libres,

que nadie oprima a nadie ni lo obligue

a errar oscuramente entre miserias.

Por eso o es morir o entrar gritando

y disparando luz por las cabezas,

por eso habría que nacer con una espada

que corte, umbilical, este cordón de la desdicha.

Y entonces sí nacer, abrir la puerta,

besar a mis hermanos, a la gente,

y juntos compartir la vida eterna,

que no es más que eso este tránsito de tierras,

de aquella en que los padres nos forjaron

a aquella en que galopo furiosamente hoy día,

de aquella en que nos busco para plantar bandera

a aquella en que al final se ha de probar que somos frutos,

que nada merecemos sino todo

y que un disparo es luz cuando el calibre

de la bala es toda la verdad humilde

que aquí nos falta para fundar el cielo.

 

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26 08 14