Beatriz Blanca

UN NIÑO, MENDIGO NOCTURNO

Cuando en el oriente del cielo profundo

la luna aparta su nebuloso velo,

un niño mendigo aparece en el dormido mundo

con casto pie y virginal recelo.


Absorto allì, a la humanidad saluda,

con su faz manchada al cielo levantada,

en la honda oscuridad, con elocuencia muda

orbes sin piedad ofrecen su mirada.


Llevas un lucero, que es tu simple gracia,

y un harapo sucio, como abrigado manto,

caminando tu rumbo por esa regiòn vacìa,

donde nadie ayuda, pero se siente santo.


Tu lumbre, empero entre aquel gentìo fulgura

como ìmpetu salvaje de corriente;

a trechos, iluminas corazones con ternura,

luciendo con orgullo tu àspero torrente.


Yo siento en mi corazòn una esperanza,

que la cordura encienda tu existencia muda,

y despierte esa caridad que alcanza

para levantarnos y brindarte ayuda.