Raúl Daniel

No me juzgues

No me juzgues

 

Amigo, no me juzgues y conversa conmigo,

te quiero preguntar algo y te digo:

aunque me ves caído, ¡para el Señor valgo!

 

Si se bajó del cielo no fue sólo por ti...

también lo hizo por mí y explicártelo quiero.

 

Es cierto que pequé y lo estoy pagando...

La injusticia que hice (lo quise o no lo quise),

no me justifica y la voy cargando...

 

Pero, sabes, tengo esperanza y creo

que puedo ayudarte (a que me comprendas)

y tu amor no vengas a negarme luego.

 

Tú, ¿qué sabes del divorcio? Si nunca te pasó

que tu esposa, de ti, huyera y ya más

no quisiera brindarte su amor...

 

Ignoras la tristeza, miseria y pobreza,

a no ser esa muela que un día te dolió:

¡de tantas golosinas que tu mamá te dio!

 

¡Qué sabes de esas llagas abiertas que no cierran,

de balas de una guerra que solitarias pelean

personas que en la tierra abandonadas hambrean...!

 

Perdona mi torpeza, muy bien no sé hablar;

no fui mucho a la escuela, me crió mi pobre abuela,

lamentablemente ciega...

y, aunque siendo niño, tuve que trabajar.

 

Mi escuela fue la calle, mi maestro el dolor,

excelente pedagogo que te enseña

a mirar con los ojos del hombre interior...

y a mirar hacia adentro, donde está Dios... ¡o no!

 

¿Qué sabes tú sobrado niño bien vestido

con nombre y apellido respetado?,

¿qué sabes tú del amor de Cristo, si lo no has conocido

o lo has ignorado? (aunque finges amarlo sin abrir tu mano).

 

No me juzgues hermano, tenme misericordia

y perdona mi pecado...

que el Señor de la Gloria ¡ya me ha perdonado!