Raúl Daniel

Carta a Esteban Daián (para no ser enviada)

Carta a Esteban Daián (para no ser enviada)

 

Otro día estaré contigo y podré besarte,

(quisiera abrazarte y no puedo hacerlo).

Hoy estoy muy lejos, más de mil kilómetros,

eso nos separa... (¡y un montón de cosas!)

 

Quisiera explicarte, pero ya no encuentro

las palabras justas... ¡todo es tan complejo!...

si tú comprendieras ¡porque estoy tan lejos!

 

Eres muy pequeño y con tus pocos años,

(tres apenas...) ¿cómo puedo hallar las palabras,

explicar los hechos?...

 

Y los pensamientos y las ansiedades...

y lo que dijeron... y lo que sintieron...

¡¿y lo que yo siento?!... puros desencuentros,

puros desamores, ¡cuánto lo lamento!

 

Y al cielo pregunto momento a momento

y tengo respuestas, pero: ¿cómo te lo cuento?...

¡Hasta a mí me cuesta, a veces, creerlo!

y otras no puedo conciliar el sueño...

porque quiero verte y porque no te tengo...

Hijito del alma: ¿qué culpa tenías,

tú, de todo esto?

 

Si un día tu madre dejó de quererme...

¡¿por qué el costo es tanto y a ti casi todo,

te cobran del precio?!...

Los otros son grandes y nosotros, tus padres,

hasta... casi viejos, pero tú, pequeño,

a quién Dios me trajo cuando ya los años

me daban licencia para ser abuelo...

 

A ti que me hiciste revivir los huesos

y calentaste mi alma con tus besos

y con tus manitas, si me acariciabas,

¡hacías qué amara más a Dios por eso!

 

A ti, que trajiste a todos nosotros un gran embeleso,

(y los días pasaban como un sueño bello),

pregunto y pregunto: ¿Por qué se te cobra

casi todo el precio?...

 

Y pensando y orando me quedo dormido...

pidiendo a Jesús, de nuevo, un milagro...

 

Algún día, cuando seas más grande,

voy a relatarte una larga historia

de un papá ateo, que al creer en Cristo,

el Señor, contento, ¡le mandó otro hijo!

Y él, agradecido y enamorado

de un Dios tan bueno, quiso ser lo mismo...

 

Y a medida que iba aprendiendo,

iba haciendo...

 

Pero hay un enemigo de todo lo bueno,

(y de todo lo bello) y nos descuidamos

(y como en el cielo, comenzó por celos).

 

Yo amaba a Dios ahora y tuvieron miedo...

(no me comprendieron) y nos enfrentamos,

(¡cuánto lo lamento!).

 

Debería ahora hablarte sobre mis derechos,

... pero ni lo intento, (se ha pasado el tiempo),

preferí alejarme... renunciar a todo,

(caminar con Cristo es renunciamiento).

 

Y ahora: ¿cómo hago?... ¿quisieras saberlo?...

¡Sólo Dios lo sabe! (Él es mi consuelo).

A veces me ataca un dolor al pecho...

siento que me falta el aire... y después no veo,

(es que aunque no quiera se nublan mis ojos...)

 

Es que te apareces en mis pensamientos

en cualquier momento y todo es tan fresco,

que aunque hace tanto que ya no te veo...

realmente te oigo decir las palabras

del último encuentro: “- No te vayas, papito,

¡porque yo me quedo solito!”

 

¡Ay, Dios mío... Jesús!... sólo Tú sabes:

¡Cuánto lo lamento!...