María

¿Qué miras?

La mirada transparente que delata bonhomía se percibe al instante. Uno puede equivocarse,  el tiempo lo corrobora. Pero convengamos en que lo que transmiten los ojos suele reflejar la esencia de nuestro interlocutor.  Los ojos sonríen, invitan, agasajan. También pueden generar distancia, apatía. Y me atrevo a decir que me he cruzado con miradas que prodigaban temor, pavura. Recuerdo haber despertado en medio de la noche, no hace mucho tiempo, por no poder sostener una vista cruel del coprotagonista de alguna pesadilla. En ocasiones he sentido un juicio a favor o una condena tras alguien que me ha echado un vistazo sin ningún disimulo, y también me he sentido en la mira de algún compañero de colegio, con la mejor de las intenciones. Siendo mujer, todas nos hemos sentido comidas por la vista de algún señor un tanto desubicado. Y para nuestro halago, nunca  falta un caballero que, con delicadeza, fija los ojos en una, colmándonos de seguridad y evocación Acaso, ¿quién no se ha sentido contemplada con embeleso alguna vez? Si quien nos mira es una mujer, la conclusión es más sencilla y evidente, pues  enseguida captamos si nos aprueba o nos denosta. Siendo niños todos nos hemos sentido vigilados, inspeccionados. Y en la historia de cada uno seguramente hay una anécdota  que cuenta cómo, ante nuestra negación un amigo nos ha hecho abrir los ojos.  Podría continuar enumerando alternativas. Pero mientras escribía pensé: ¿Por qué el acento puesto en otro? Después de todo es una quien se observa, quien se echa el vistazo definitorio  y quien nunca se pierde de vista. A fin de cuenta cada una ha de eximirse pasando la prueba  sin miramientos.