Cuentan los marineros que al atardecer,
ven radiante a una novia pasear por el mar,
del brazo de un mozo que es su gran querer...
y que arroja a la playa sus flores de azahar.
¿Qué será lo que encanta a tan bella mujer,
de serena mirada y de cuerpo inquietante,
a andar por la playa, a la orilla del mar,
mirar y avanzar... y volver a mirar?
Antes del poniente, bajo un sol inclemente,
de albo ropaje aparecía a diario,
para contemplar —ya no sé si el crepúsculo o el mar—;
con el sol advenía, con la luna partía.
No podría decir que era mi orilla particular,
pero sí mi rincón predilecto para escribir y soñar,
atisbando sirenas prestas a dejarse atrapar
mientras se embriagaban con el embrujo del mar.
Así, una tarde ella surgió, esbelta y blanca,
de cabellos dorados, ojos claros y mirada sublime;
lo sé con certeza porque alguna vez me miró,
pero jamás conmigo ni con nadie habló.
Como una novia, vestía siempre de blanco,
con flores y encajes de nítido color;
mudaba a veces por un manto de flores vivaces,
pero siempre níveo, como la espuma de las olas del mar.
Siempre puntual, antes del ocaso venía a rondar.
Con el vestido bañado por la pleamar,
en la tarde crepuscular se alejaba;
con el nuevo sol, por el piélago regresaba.
Una tarde de mayo, cuando el viento de otoño
es más frío, más fuerte y las olas son mayores,
llegó como siempre, linda y de blanco;
con el mar conversó y en la orilla se sentó. [1]
La vi sonreír... o quizás... ¿llorar?
Antes del anochecer se despojó de su atuendo,
me regaló una sonrisa y se internó en el mar;
hasta el alba la esperé, pero nunca más la vi.
A bordo de una gabarra, un buen trecho remé;
cuando ya la costa no se divisaba, en alta mar,
las prendas de la dama en las aguas deposité,
pues ese era el altar de la novia del mar.
Delalma
14 de enero de 2010