Rosa Baladron Rodriguez

NO HABÍA

No había lumbre en la hoguera,

para que el fuego reviviera

la ilusión perdida,

hacía frio en el alma,

y no se abría una puerta,

para dar cobijo a la esperanza.

No había fiesta en la ciudad,

sólo la juventud en la lejanía;

la lozanía había hecho su partida.

No habían manjares sabrosos,

para saborear con gozo,

el viento no acariciaba su rostro.

No había un Cielo

ni rostro de ningún Dios,

donde consolar su corazón

en la inmensidad del Infinito,

ni un espacio efímero

ni siquiera muy pequeñito,

para descansar el dolor

de sus pies en el camino.

No había agua ni fuente

para calmar su sed ferviente,

ningún oasis en el desierto

le hacía olvidar su tormento.

En su caminar solitario

ni siquiera a un vagabundo

encontraba como amigo;

no sabía dónde dirigir sus pasos.

La noche y el día

eran su única rutina,

el Sol y la Luna

su sola compañía,

la hora crepuscular,

su alivio en la soledad,

su momento de placer,

un sueño al amanecer.

Su barco en ningún lugar

sus amarras podía anclar,

iba navegando sin rumbo,

por aguas de alta mar.

Su mayor enemigo era el tiempo,

fugaz se escapaba de sus manos.

Lo quería atrapar y como humo

se esfumaba, igual que la ilusión,

de un futuro dichoso.