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ContinuaciĆ³n de Viaje a la Capital . Parte 3

Me quedé cerca  y pude escuchar al capataz:  “Mire Don Juan, yo diría que tiene que darse una vuelta por allá…Me veo en la obligación de decirle que Santiago fue al pueblo y no volvió en dos días;  y José llegó con unas amistades poco recomendables… Allá andaban a los tiros divirtiéndose… Algo les dije  pero no mucho… ¡Usté  me comprenderá, Don Juan.”

Papá le agradeció y le dijo: “¡Mañana voy por allá! No les digas que voy”

Lo vi muy triste, agobiado dirigiéndose al cuarto. Rosa no había regresado por lo que le ofrecí un té, que rechazó.

Al día siguiente salió temprano en el auto, rumbo al Laboratorio Clínico. Cuando regresé del Colegio, Rosa me comentó: “Se fue a la estancia ni bien llegó. ¡No tomó, ni un té”!

La vida transcurría igual para mí, el Colegio, la casa de mi amiga, las compras con Rosa, las labores mientras escuchaba radio. Siempre tenía algún bordado que me dirigía una de las Hermanas.  Antes del fin de semana, Julián debió conducir el auto  con papá aquejado de un fuerte dolor en el pecho. Se dirigió directo al Sanatorio donde quedó internado.

Me enteré a través de la conversación de Rosa con Julián,  que papá se había llevado un gran disgusto. Había discutido  con mis hermanos por la manera en que estaban atendiendo el ganado, que se encontraba desmejorado.  Además José no había arreglado el  molino, y como consecuencia los bebederos estaban sin agua.

Mi padre  permaneció varios días en el Sanatorio. Cuando regresó a casa parecía haber envejecido. Al día siguiente, el médico lo visitó y le recomendó que no viajara por unos días.

Cuando éste se retiró nos llamó y nos dijo: “Estoy cansado… Rosita, cuídamela mucho. Y vos m’hija, seguí con ella que es muy buena, y te quiere como una madre”

En sus palabras yo escuché: “Voy a morir y quiero que te quedes con ella.”

Fue la primera vez que le oí decir “Rosita” y eso me hizo pensar, en lo que ella significaba para nosotros. En verdad  no me desagradaba. Era prolija, servicial y discreta. Siempre trataba de complacerme. ¡Hasta me hacía dulces como los de Juana! Silenciosamente atendía los requerimientos de mi padre: el café, la ropa limpia en la silla al lado de la cama, las botas con pomada para preservar el cuero y muchas pequeñas, pero necesarias cosas, que antes le realizaba mi madre. Recuerdo que le recortaba el bigote aduciendo que le faltaba el pulso, y más aún recuerdo cruces de miradas y hasta sonrisas compartidas. ¿Cómo habría sido nuestra vida sin la servicial Rosita? ¿Cómo pudo mi padre mantenerse solo? Tal vez había algo más entre ellos y  nunca me lo dejaron ver; o quizás sólo fuera el cariño y respeto de los años compartidos, y la responsabilidad de ambos sobre mi persona lo que los unía.

Por la tarde llegaron los muchachos; vinieron en el Jeep que les regalara papá para sus diligencias.  Estaban preocupados  y no sabían qué hacer. Santiago entraba y salía del cuarto mirando la casa. José en un rincón de la habitación, cabizbajo tomaba mate. Nadie hablaba. Tal vez el remordimiento los mantenía en silencio. Pero él les allanó el camino e incorporándose les dijo: “Muchachos, ahora ustedes son los responsables de que todo siga en marcha. Cuando me mejore  podré darles una mano. Tienen a Julián, a Juana, y a los peones que los van a ayudar. Y no se olviden de su hermanita que los necesita.”

Había estado presenciando y escuchando. Me retiré silenciosamente a mi habitación porque las lágrimas ya corrían por mi rostro. No podía permitir que me viera así.

Esa misma tarde volvimos a quedar solos los tres. Lamentablemente su salud continuó desmejorando. Luego comenzó la odisea de largos días y noches, en que  Rosita se hizo imprescindible  para  él.  Ella y dos  enfermeras pasaban horas en la habitación; silenciosamente entraban y salían. Yo observaba sus rostros preocupados y trataba de incomodar lo menos posible. Me sentaba junto a él con el bordado iniciado hacía ya tiempo.

Una tarde  mandó a Rosa a buscar a su escribano amigo. Cuando éste llegó entrecerraron la puerta. Estuvieron mucho tiempo conversando y escribiendo. Después vino Don Carlos que era su mejor amigo. No pasó mucho tiempo para que supiera de qué se había tratado en esa reunión. A los pocos días ocurrió una verdadera pesadilla. Mis hermanos no llegaron a tiempo para despedirse de él, que los mandó a buscar con un pariente de Rosa. Tengo muy presentes los preparativos para el funeral… la gente,  conocidos y desconocidos… el sepelio y la vuelta a la casa. Allí aún permanecían Julián y Juana, que ayudaban a Rosa a limpiar y reacomodar los muebles. Recuerdo el piso sembrado de pétalos de flores, la cama vacía y yo deambulando sin saber para dónde ir,  ni qué hacer.  Rosita trajinaba y trajinaba mientras de tanto en tanto se secaba las lágrimas con el delantal.

Mis hermanos se aprontaron para regresar esa misma tardecita,  porque tenían que llevar a los peones a la estancia. Debían regresar al otro día  porque el escribano nos informaría sobre la voluntad de nuestro padre. Todo había sido previsto. La venta de la estancia, el reparto de los bienes, los campos que no se venderían hasta mi mayoría de edad y que pasarían a arriendos. Rosa permanecería a mi lado en la casa que no se podría vender,  hasta que yo fuera mayor, o hasta cuando ella lo dispusiera. Mis bienes serían administrados por el escribano. Vertiginosamente pasan  por mi mente mis  hermanos, su reacción frente a lo dispuesto en el testamento, la decisión de Santiago de vivir en la ciudad y adquirir un comercio; y la de José que compraría una chacra. Poco a poco los débiles vínculos que nos habían unido fueron desapareciendo.

Durante varios años Rosa y yo compartimos la casa. Ella continuó ocupándose de mí, sin que mediaran exigencias ni obligaciones. El escribano llegaba todos los meses con su mensualidad,  el dinero para el mantenimiento de la casa, y mis gastos personales.

Un día Rosita me planteó que deseaba trabajar en una casa, para cuidar a una señora que estaba enferma;  de mañana atendería nuestra casa y por las noches estaría conmigo.

No pude poner objeciones. Salvo el ir a Misa o a algún cumpleaños de mis ex compañeras del Colegio, mi vida ahora estaba ocupada con los bordados que hacía con la máquina que me compró papá. Principalmente bordaba para tiendas, ropa para bebés, y juegos de sábanas nupciales. Mientras bordaba a veces pensaba en mis tías de la capital. ¿Cómo hubiera sido mi vida con ellas? Recordaba a Rosita alentándome para que fuera a visitarlas. Ella cuidaría la casa.

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 Mis recuerdos son interrumpidos al producirse un cambio en la marcha del tren que aminoró la marcha, y luego se detiene.  Me arrebujo en mi abrigo. ¡Cuánto  frío!

 ¿Una parada? No logro ver nada afuera. Se oye el  silbido y otra vez en marcha.  Continúa mañana 14/12/2013.