Luis castro

CLAMOR

El miedo, madeja maligna y pútrida,

atraviesa de lado el telar de mi existencia,

tocando todas las fibras sensibles de mi ser.

En lo profundo se convierte en pánico

y la angustia y desesperación me sobrecogen.

Siento un incontrolable hormigueo en el vientre,

las manos sudan, enrojece el rostro

y ríos de agua brotan por mis axilas inundando todo mi cuerpo.

Siento un escalofrío que me desgarra el alma,

pienso en la vida, en el hoy, en el futuro y tiemblo.

La relación conmigo mismo, con los demás y con Dios es un imposible.

Un nudo terrible en la garganta me enmudece.

Mi cuerpo aprisionado por cadenas invisibles

no es capaz de dar el más mínimo paso.

Siento la punzante mirada acusadora del mundo sobre mí,

y todo el peso de la vida sobre mis débiles hombros.

El insomnio me tortura en eternas noches de desvelo,

y mis sensibles pupilas no soportan la luz del nuevo amanecer.

Mi alma duerme en sopor infinito.

Deseo que la tierra se abra bajo mis pies y me desintegre en su volcánico corazón.

Estoy desconectado del espíritu creador del universo y de mi universo.

No hay cordón umbilical que me conecte a la fuente de la vida.

La vergüenza me encierra en los duros barrotes de la inferioridad,

auténtico sentimiento que busca inútilmente legitima compensación en la ilusión.

Y sólo me queda eso: ¡El Sueño!

Cierro los ojos, y entonces, desde allí, desde la prisión de mi mismo

en la agonía del dolor profundo que no puedo resistir: ¡Clamo!

en grito desesperado y desgarrador,

que Dios en su infinita misericordia, tenga piedad de mí, y me conceda:

que la realidad sea mi sueño y el sueño mi realidad.

Amen.