Vicente Martín Martín

Te estás quedando ronco

 

 

 

Te estás quedando ronco

ya no escuchas toser a las hormigas

ni el cierre marcha atrás de los comercios,

no te quejas

de que tienes vecinos con dos bocas,

una amante soprano y unos hijos

que a las diez de la noche se ponen  a probar magnetófonos,

te estás quedando sordo y ya no para a tu puerta el vendedor ambulante,

¿para qué, si hace tiempo que dijiste

bueno a la soledad y te acostaste con ella,

para qué si has llenado de rameras y músicos

toda tu eternidad

y quienes hablan por ti

nos dicen que aborreces el sexo con condones retóricos?

Ya no esperas más luz que la tristeza de los colchones viejos

y adivinas que el viento te ha quemado la casa,

que la lluvia se ha subido a los árboles,

que no tienes linterna y no han llegado las vírgenes

y ahora escribes, a oscuras,

poemas metafísicos.

Qué pena que las radioemisoras pongan música yanqui

cuando anuncian

que los curas modernos y los guardias civiles

desayunan con sándwiches.

Haría falta un diluvio de lenguas en desuso que arrasasen

las farmacias de guardia,

haría alta aguantar el lloriqueo de las ranas en luto

y ver qué amantes quedan más allá

de las huellas que dejan los neumáticos.

Porque estamos cansados de ser latifundistas que atesoran insectos,

cansados de adiestrar guardiamarinas y esconder en la alcoba

a cardenales rojos,

cansados de que vengan rebaños de floristas enseñándonos

la bondad del membrillo.

Para colmo

te acabas de enterar de que han cerrado los jardines colgantes

de las casas de apuestas y han quebrado los bancos

en que un día pusiste a orear tus reflexiones,

te acaban de decir que se han abierto

balnearios de lujo en el infierno.

Sólo queda por tanto que la gente reniegue de la propiedad privada

y los grandes chamanes beatifiquen a Engels.