Poeta-Maldito1976

ENSAYO SOBRE LA LOCURA

Me prometió la vida, yo no la creí al principio.

 

He muerto tantas veces que ya no creo en nada. Y sin embargo, la última vez que lo hice, la última vez que mi corazón se paró, ella estaba esperándome.

 

Y así, entre los planos que separan difusos la ficción y la realidad, comprendí que ella había sido la única que siempre me había entendido, la única que siempre había estado a mi lado.

 

Ella lo sabía, tal vez por eso me acariciaba con dulzura. Yo la miraba pero sus ojos atravesaban los míos hasta posarse en mi interior, escudriñando el laberinto que se escondía entre mis oídos mientras sus palabras caminaban por él sin perderse; lo conocían demasiado bien y portaban las llaves de todas las puertas que desde hace tanto tiempo permanecían cerradas y que incluso yo ya había olvidado cómo abrir.

 

Me hablaba de la vida, no de la que yo había perdido, no de la que yo jamás recuperaría, tampoco de la que pude haber tenido, nosotros no hablábamos sobre ello, más bien sobre una vida nueva, una vida sin la medida del tiempo, donde cumplir los sueños, una vida sin esperar nada de los demás, donde sólo hubiese presente, donde ni siquiera la muerte tuviese sentido.

 

Yo entonces la creí.

 

Pero siempre hay un precio. Para qué quería mi corazón si ya no latía, si ya no lo iba a necesitar. Entonces no lo supe pero yo nunca dejaría de sentir. Tal vez, eso fuese lo peor.

 

Y así, pasaron los años. Yo vivía por fin, pero me daba cuenta de que las personas a mi alrededor, sobre todo las que yo más quería, iban dejando de hacerlo. Los años pasaban, es verdad, menos para mí. Los sueños se cumplieron pero poco a poco dejé de tener con quien celebrarlos. El tiempo se había detenido en mi cuerpo, en mi rostro, en el espejo en el que me reflejaba, en mis preguntas y a mi alrededor todo cambiaba y por fin, también moría.

 

Con el paso de los años, la vida también se fue, se quedó la soledad y el dolor de ser imperceptible para el tiempo. Ya no conocía nada de lo que me rodeaba; sí, mis sueños se habían cumplido pero no tenía nuevos, ni tenía sangre tampoco con que llenar mi vacío.

 

La insoportable espera no tenía fin porque no había nada que esperar, así que decidí lo más sensato, ahora que he perdido la cuenta de mis años, ahora que he perdido la cuenta de las veces que he intentado morir, estoy condenado a sentir, sin corazón, porque se lo llevó ella, la muerte, demasiado bien me entendió; ahora, que ya he dejado de ser breve, ahora que soy eterno, seguiré intentando morir una y otra vez hasta que sea mi cordura la que ya no pueda seguir viviendo.