ronald tadeo ramirez elizalde

𝐓𝐄 𝐏𝐄𝐑𝐃Í

Hola, mi amor..

 

Deseo de todo corazón que la vida te esté sonriendo, que cada amanecer te regale una nueva esperanza y que, en cada paso que des, encuentres un motivo para ser feliz. Que nunca te falten razones para sonreír, sueños por cumplir ni manos que te sostengan cuando sientas que las fuerzas te abandonan.

 

Yo, gracias a Dios, también estoy bien, aunque debo confesarte que hay una pequeña tristeza que se ha instalado en mi alma desde que dejé de saber de ti. Es esa ironía de la vida que nos permite seguir respirando, trabajando y sonriendo ante los demás, mientras por dentro llevamos una ausencia que nos duele en silencio.

 

Te alejaste de mí y jamás supe con certeza por qué.

 

Quizás fueron los celos, quizá el cansancio de esperar, tal vez dejaste de amarme o, simplemente, apareció alguien que supo ofrecerte lo que yo, por descuido, no supe darte. No lo sé, mi amor. Y aunque imaginarte en otros brazos me lastima, comprendo que tu corazón tiene derecho a buscar la felicidad, incluso si esa felicidad ya no me incluye.

 

Hoy, mirando hacia atrás, reconozco mis errores.

 

Me dediqué demasiado a mis estudios, a mi trabajo y a construir aquello que creía necesario para nuestro futuro. Pensaba que, si de verdad me amabas, siempre estarías allí, esperándome; que nuestro amor sería suficiente para resistir mis ausencias, mis silencios y el tiempo que no te dedicaba.

 

¡Qué equivocado estaba!

 

No comprendí que el amor también necesita tiempo, palabras, caricias, atención y pequeños detalles. No entendí que un corazón puede cansarse de esperar, que hasta el amor más hermoso puede marchitarse cuando no se riega con ternura y que nadie debería sentirse solo estando enamorado.

 

Yo creía que tendría toda una vida para demostrarte cuánto te amaba, sin imaginar que un día despertaría con el terrible descubrimiento de que ya no estabas.

 

Y ahora me arrepiento, mi cielo.

 

Me arrepiento de las veces que pude haberte regalado una sonrisa y preferí continuar con mis ocupaciones; de los momentos en que necesitabas sentirme cerca y yo no comprendí cuánto significaba mi presencia para ti. Me arrepiento de haber dado por segura tu permanencia, como si el corazón de una mujer enamorada fuera una casa a la que siempre pudiera regresar, sin importar cuánto tardara en volver.

 

Pero la vida me enseñó demasiado tarde que el amor no se conserva con promesas ni con sentimientos guardados en el pecho. El amor también se demuestra estando presente.

 

Y ahora que te he perdido, comprendo la verdadera dimensión de lo que sentía por ti.

 

Ahora sé cuánto significabas para mí, cuánto espacio ocupabas en mis pensamientos y cuánta felicidad encontraba en tu existencia. Hoy entiendo que no eras una mujer más en mi camino, sino alguien extraordinariamente especial, alguien que llegó a mi vida para dejar una huella que ni el tiempo ni la distancia podrán borrar fácilmente.

 

Pero ¿de qué sirven los arrepentimientos cuando la persona que amamos ya no desea escucharlos?

 

¿De qué sirven las palabras que antes debimos pronunciar, los abrazos que dejamos para después y los besos que creímos que siempre tendríamos la oportunidad de entregar?

 

Ahora, cuando quisiera correr hacia ti y pedirte que me permitas comenzar de nuevo, quizá tú ya hayas cerrado para siempre la puerta de tu corazón. Quizá mi nombre ya no despierte en ti ninguna emoción, quizá mis mensajes sean solamente recuerdos de una historia que decidiste dejar atrás.

 

Y aunque me duela aceptarlo, no puedo obligarte a regresar.

 

Solo me queda guardar en el rincón más íntimo de mi alma los recuerdos de tu amor, de tus besos dulces, de tus caricias delicadas y de aquellos instantes en los que tus brazos eran mi refugio y tu presencia, mi felicidad.

 

Aún recuerdo la manera en que tu ternura acariciaba mi piel, como si tus manos hubieran escrito sobre ella una historia que mi cuerpo se niega a olvidar.

 

Hay recuerdos que no necesitan fotografías para permanecer vivos; basta cerrar los ojos para volver a sentirlos.

 

Y tú, mi amor, vives en muchos de los míos.

 

¿Sabes qué es lo más doloroso de haberte perdido?

 

Que, a veces, ni siquiera necesito pensar en ti para extrañarte.

 

Basta con que el viento traiga hasta mí el aroma de un perfume parecido al tuyo para que mi corazón viaje de inmediato hacia aquellos días en los que todavía te tenía. Ese aroma se convierte en una llave que abre las puertas de mi memoria, y de pronto vuelvo a sentirte cerca, aunque sé perfectamente que estás lejos.

 

Cuando una mujer pasa a mi lado y deja en el aire esa fragancia que tanto me recuerda a ti, por un instante mi corazón se engaña.

 

Me vuelvo, la miro y una parte de mí quisiera correr hacia ella, abrazarla con todas mis fuerzas y susurrarle al oído cuánto la he extrañado. Porque, durante un segundo, mi imaginación me hace creer que eres tú, que has regresado, que todo ha sido una pesadilla y que todavía tengo la oportunidad de estrecharte contra mi pecho.

 

Pero entonces la realidad me despierta.

 

No eres tú.

 

Es solamente una desconocida que lleva un perfume parecido al tuyo, una mujer que continúa su camino sin saber que, al pasar junto a mí, ha removido las cenizas de un amor que todavía arde en silencio.

 

Y mientras ella se aleja, yo me quedo inmóvil, con la mirada perdida y unas lágrimas deslizándose lentamente por mis mejillas.

 

Lloro porque recuerdo.

 

Lloro porque extraño.

 

Y lloro, sobre todo, porque sé que aquella mujer a la que mi corazón todavía busca quizá jamás vuelva a refugiarse entre mis brazos.

 

¡Qué cruel puede ser la memoria cuando el presente nos niega aquello que el corazón continúa deseando!

 

A veces quisiera retroceder en el tiempo, regresar al primer día en que nuestras vidas se encontraron y abrazarte un poco más fuerte. Quisiera mirarte a los ojos y decirte que no permitas que mis ocupaciones te hagan dudar de tu importancia, que eres mucho más que un espacio entre mis responsabilidades, que mereces tiempo, atención y un amor que sepa demostrarse.

 

Quisiera aprender de nuevo a amarte, pero esta vez sin dejar para mañana las caricias de hoy, sin creer que siempre habrá otra oportunidad y sin confundir tu paciencia con una promesa eterna de permanencia.

 

Sin embargo, el tiempo no regresa, las oportunidades no siempre se repiten y hay despedidas que llegan cuando todavía tenemos demasiadas cosas por decir.

 

Por eso, si alguna vez recuerdas mi nombre, no quiero que me recuerdes únicamente por mis errores. Recuerda también al hombre que te amó con sus limitaciones, que soñó contigo y que, aunque no siempre supo demostrarlo, guardó para ti sentimientos que jamás había conocido de aquella manera.

 

No fui perfecto, mi amor.

 

Me equivoqué al pensar que el futuro podía construirse sacrificando los momentos que nos correspondían en el presente. Quise prepararme para darte una vida mejor, pero olvidé que, mientras yo construía mis sueños, nuestro amor también necesitaba de mí.

 

Y cuando finalmente comprendí la lección, tú ya no estabas a mi lado.

 

Quizá esa sea mi mayor tristeza: haber descubierto cuánto te amaba precisamente cuando tuve que aprender a vivir sin ti.

 

Hoy no sé si volveremos a encontrarnos, si algún día nuestras miradas se cruzarán nuevamente o si la vida ha escrito un punto final en nuestra historia. No pretendo adivinar lo que el destino tiene reservado para nosotros.

 

Solo sé que lo que vivimos significó mucho para mí y que, aunque nuestros caminos hayan tomado direcciones diferentes, jamás podré considerar insignificante a una mujer que dejó recuerdos tan profundos en mi corazón.

 

Si ahora eres feliz, deseo sinceramente que esa felicidad permanezca contigo. Que quien camine a tu lado sepa escucharte, que nunca dé por sentadas tus caricias y que comprenda el valor de tenerte cerca. Que te cuide en tus días difíciles, que celebre tus alegrías y que jamás te haga sentir que debes mendigar el tiempo o el cariño que mereces.

 

Y si alguna vez la tristeza llama a tu puerta, ojalá encuentres unos brazos sinceros que te recuerden lo valiosa que eres.

 

No te deseo mal por haberte perdido. ¿Cómo podría hacerlo, si alguna vez fuiste uno de los motivos más hermosos de mi felicidad?

 

Te amé, mi cielo, y precisamente por eso deseo que la vida te trate con ternura, aunque ya no sea yo quien pueda ofrecértela.

 

Pero permíteme una última confesión, una que nace desde lo más profundo de mi alma y que quisiera dejar escrita para que el mundo entero conozca la verdad de mis sentimientos:

 

Fuiste la primera mujer que llegó a lo más profundo de mi corazón, la primera que me hizo comprender que una persona puede convertirse en hogar sin necesidad de compartir el mismo techo, y la mujer que me enseñó que perder un amor también puede enseñarnos a valorar lo que antes no supimos cuidar.

 

No sé qué nombre le dará el tiempo a este sentimiento. No sé si algún día podré recordarte sin que una pequeña tristeza visite mi pecho. Tampoco sé si la vida me permitirá volver a contemplar tus ojos de cerca.

 

Pero sí sé que te amé con la sinceridad de un hombre que soñó con tenerte a su lado y que hoy reconoce, con humildad, que no basta con amar: también hay que saber cuidar, acompañar y permanecer.

 

Y aunque ahora solo pueda abrazarte con la imaginación, besarte en el recuerdo y pronunciar tu nombre en el silencio de mis noches, quiero que sepas que hubo un tiempo en el que tu felicidad fue uno de mis sueños más grandes.

 

Si alguna vez piensas en mí, recuerda que, detrás de mis errores, existió un corazón que te quiso de verdad.

 

Y si nuestros caminos nunca vuelven a encontrarse, que Dios te conceda una vida hermosa, llena de amor, paz y motivos para sonreír.

 

Yo continuaré mi camino, llevando conmigo las lecciones de tu ausencia y la nostalgia de aquellos días en los que tu amor hacía más dulce mi existencia.

 

Porque algunas personas se marchan de nuestra vida, pero dejan en el alma una historia que ni siquiera la despedida consigue borrar.

 

Te perdí cuando todavía te amaba.

Y esa será, quizá, la herida más triste de mi historia.

 

Te perdí por no saber cuidarte como merecías, por creer que siempre habría tiempo y por descubrir demasiado tarde que el amor también puede cansarse de esperar.

 

Y si alguna vez me preguntan qué fuiste para mí, no diré que fuiste una mujer que pasó por mi vida.

 

Diré que fuiste aquella mujer a la que amé, aquella que no supe cuidar a tiempo y aquella cuyo recuerdo todavía sabe encontrarme en medio de la multitud.

 

Porque hay amores que terminan en los labios, pero continúan viviendo en el alma.

 

Y tú, mi amor, aunque ya no estés conmigo, siempre formarás parte de la historia que mi corazón contará cuando recuerde lo que significa amar de verdad.

 

Con todo el amor que un día fue tuyo, con la nostalgia de lo que vivimos y con la tristeza de lo que ya no pudo ser…

 

Hasta siempre, mi cielo.

 

Que la vida te regale toda la felicidad que yo soñé compartir contigo.

 

Y que, si alguna vez el viento lleva hasta ti un suspiro que no sabes de dónde viene, quizá sea mi corazón, que todavía recuerda tu nombre.

 

Te amé ayer, te recuerdo hoy y, aunque la vida nos haya separado, una parte de mí siempre guardará con ternura el amor que te tuve.

 

Muuuuack, mi amor.

 

Con amor, nostalgia y un arrepentimiento que llegó demasiado tarde.