Lissi

BAJO LA SOMBRA DE LA BUGAMBILIA X

Muy sorprendida Elena observó que su bugambilia tenía más ramas y empezaban a brotar las hojas rojas que albergaban en su seno las diminutas flores blancas.  –Es tiempo de hacerle su zarzo- dijo con entusiasmo y se fue a una loma cercana a conseguir las varitas para hacer el tejido que sostendría los coloridos mechones y que la planta se convirtiera en una parra donde los colibríes libarían su néctar.  Al verla Beto en su alegre tarea se apresuró a ayudarle y asimismo el zarzo tendría la fuerza para sostener el arbusto que crecía de manera muy vistosa.

 

 

Al llegar Emilio de sus huertas, luego de ordenar que cortaran algunos zapotes y haber escogido uno de los más grandes para que Elena lo saboreara, se dio cuenta que la bugambilia tenía un zarzo.  Se molestó mucho y en silencio entró al comedor donde dejó la fruta, al ver a Elena le preguntó: -¿quién ha venido a la casa para hacer ese zarzo?- y ella de manera muy paciente le responde: –aquí no vienen más hombres que el viejo vaquero y mi hermano, si usted ha mandado a Javier con el ganado, no me ha quedado otra opción que hacerlo yo misma, al ver mi hermano que yo cargaba las varitas, él se ofreció a ayudar y entre los dos tejimos el zarzo para que las hojas no se arrastren por el suelo.  Con esa respuesta Emilio quedó un poco satisfecho aunque se le notaba en el rostro cierta incredulidad.  Todo el tiempo pensaba en la posibilidad que Elena pudiera irse de su lado.  Elena tragándose las lágrimas se dispuso a continuar con las faenas de la casa y hasta partió el zapote para que él se lo comiera, ella no quiso probarlo aunque se imaginó que Emilio lo había llevado para que ella le comentara sobre el sabor de la fruta, como lo había hecho otras veces antes de enviar a la venta la cosecha.

 

 

Como la planta seguía floreciendo, Elena empezó a sospechar que algo dentro de ella estaba ocurriendo nuevamente, en efecto comprueba días después que tendría otro hijo o hija.  Corrió a contárselo a Isabel quien  le comenta que ella también será madre, ambas se abrazaron y lloraron por la noticia; desearon que el fruto de sus entrañas fuera niña para que pudieran acompañarse en sus juegos, ya que por esos rumbos no habían niños, solamente Juanito a quien su padre ya le empezaba a inculcar el amor a los animales de granja.

 

 

Emilio se ausenta de la hacienda para ir a ofrecer sus quesos y comprar dulce para el café, ya que el mismo estaba escaseando, además se aproximaba el día de los Santos Difuntos y con ello la elaboración del ayote en dulce que le gustaba tanto.  Con su cargamento de dulce y otras cosas traía una extraña planta de flores amarillas.  Bajó del caballo e inmediatamente colocó la planta al pie de la bugambilia, mandó a un peón para que cavara un hoyo y lo sembrara justamente al lado de la planta de Elena.  Al día siguiente Elena quiso saber el nombre de la nueva planta y Emilio secamente le dice –es un arbusto que le dicen  resedo, no es de por aquí, la trajeron en un barco pero que se adapta al suelo seco y a los calores de este territorio; si no se muere, tu bugambilia tendrá compañía para mucho tiempo porque según me dijeron es resistente y vive largo también.

 

 

El resedo se adaptó bien e incluso sus ramas empezaron a entrelazarse curiosamente con las de la bugambilia observándose un agradable color en el zarzo que amorosamente habían tejido Elena y Beto. Varios pájaros  hacían su fiesta por la mañana  y por la tarde al posarse en las ramas de ambas plantas que ya parecían pequeños árboles.  Precisamente una mañana en la que cantaban más alegres los pajarillos Elena  le comentó a Emilio que nuevamente serían bendecidos con otro niño.  La alegría volvió a su rostro, gustaba mucho de las criaturas y viniendo de Elena lo hacía sentir más seguro.  -Cada vez los lazos entre nosotros- se decía en pensamientos- son más fuertes y ya no tendré que preocuparme más por cuidarla de otros que quieran conquistarla a pesar de haberse casado conmigo.

 

 

Elena solamente pensaba en el pasado algunas veces, especialmente cuando a Emilio le entraban esos ataques de celos cuando cualquier otro hombre se asomaba a la casa para comprar algunos de los productos de la cosecha o bien buscaba trabajo.  Elena, recuerda la vez en que un músico y su esposa construyeron un rancho de palma cercano a su casa, por las noches se escuchaban las notas musicales que don Alfredín le arrancaba a su vieja guitarra; Emilio muy enojado le pedía a Elena que cerrara la ventana que daba a la calle porque decía esa serenata te la está dedicando y yo no quiero problemas con esa gente.  Por más que Elena insistía en que el señor solamente repasaba su repertorio para tocar después en la iglesia, los celos le perturbaban.  Ella con su característica paciencia y buena atención hacia él lograba calmarle para que no pensara en cosas raras.

 

Continuará...