MANTAS MANTAS LAURA

una mirada ajena

UNA MIRADA AJENA

 

Solía llegar con tiempo, me gustaba aparcar tranquilamente y buscar un bar cerca del trabajo, pedir un café con leche e imaginar la vida de los demás dibujando sus viajes creados por mi mente en un blanco papel.

Me emocionaba con historias que surgían de mi imaginación al observar la vida  pasando a mi alrededor.

Siempre la misma muchacha, cada mañana llegaba tarde y pedía un café para llevar… Aquel jubilado con su café y su libro qué me entusiasmaba mirar…Los acelerados pasos de la gente que veía pasar por aquel hueco de la ventana junto a la que me solía sentar…

Era entonces cuando mi imaginación se disparaba,… aquel chico es nuevo por aquí, es la primera vez que lo veo, con un traje arrugado su maletín y una tristeza difícil de ocultar, pues lo delatan las tristes facies mostradas por su rostro. Empiezo a imaginar su vida inventando un guión cómo si de una película se tratase…

Me pierdo en mis historias, me emocionan, las necesito, quizá dibujo vidas ajenas para olvidar la mía, y no logro entender porqué sin darme cuenta aparezco en aquel bar en mis días de fiesta.

Sin querer me implico en algunas de esas vidas ajenas, la chica que siempre llega tarde o aquel jubilado qué solía leer un libro en aquella mesa del rincón ocupan especialmente mi atención.

Recuerdo que me emocioné una de esas mañanas cuando apareció aquel jubilado acompañado de una mujer, se mostraba diferente, parecía alegre, feliz… me llamó sobretodo la atención qué ni si quera abrió su querido libro, imaginé que lo llevaba como escudo. Imagino que es un nuevo amor y dibujo su historia a mi antojo, quizá me equivoque y sea su mujer con la que lleve casado 30 ó 40 años, y otros tantos de novio, qué sé yo.

Recuerdo un día gris, llovía y el tráfico me había robado parte de mi tiempo, me tomé el café sin poder sacar mi bolígrafo y el cuaderno.

Aquel día no pude ver a mi entrañable jubilado, pensé que se debía a mi retraso, pero ni al día siguiente ni al otro, durante semanas no lo volví a ver.

Después de varios meses, en una silla, tras varias mesas pude ver a aquella mujer qué lo acompañaba la última vez que lo vi, ocupaba su mesa, llevaba un libro en la mano que pude reconocer, el mismo que leía él, me acordé con lágrimas en mis ojos de quién durante tiempo regaló a mis escritos una bella sonrisa que aún no he logrado describir.

Volví a imaginar la vida de los demás, pero su ausencia no me dejaba pensar. Lo maté tras cuatro líneas escritas con mi viejo bolígrafo.

Al ir a pagar mi café, pude escuchar con claridad como el camarero le daba el pésame a aquella mujer.

Aquel hombre jubilado al que me emocionaba observar había muerto y alrededor nada parecía diferente, la gente seguía pasando con prisa por la calle, sin observar los detalles regalados en cada paso…