Letras inertes

La noticia de Federico.

Es Martes muy de mañana, de entre el calor de las cobijas y un leve dolor abdominal se levanta el hijo menor de los Garza. Colocando una olla con agua a hervir se mete a la ducha Federico, quien se dirige a reclamar los exámenes que le llevan haciendo durante tres días, fatigado y aún con sueño, termina de desayunar el agua de panela que tanto le gusta con tostado. Sale de su pequeña casa que se parece más a un cuarto, le saca el candado a su bicicleta y emprende el viaje hacía donde el doctor \"ojitos grandes\", o por lo menos eso piensa mientras le habla, nunca puede evitar ver los ojos saltones de su médico, con ese bigote llamativo y olor a tabaco.

Espera el semáforo pase a verde y observando detenidamente uno de sus cordones sueltos, en medio de su divagar se da cuenta que un carro le está pitando, su impulso simultáneo le hace evitar amarrarse -más adelante será-, susurra el viejo de 45 años.

Al llegar, después de dejar desconfiadamente su chacha (bicicleta) con el celador del consultorio, saluda a la secretaría, una joven muy amable y bonita, siempre huele a cerezas, aunque sus ojeras hacen contraste con esas piernas blancas y largas -¿qué hará trasnochar a esta jovencita-, y es que Federico se pregunta muchas cosas, pero lo que más se pregunta ahora, es qué le dirá su médico, quien le rebajó esta consulta en un 50%, claro, después de una larga charla y muchos \"ojitos grandes\".

 

 

Van 15 minutos esperando en esa silla y el frío del lugar, que sube hasta su garganta congela el dolor de Federico, y en sus silencios observa el reloj frontal de la pared, pareciera que los segundos le hablaran y se perdieran entre tantos días, pero no tanto como para olvidar el día que Valentina se fue, ¡vaya que sí!

No todos los días tu única hija te abandona argumentando estar aburrida de ser pobre, ella sólo se cansó de desayunar pan con huevo y agua de panela los mejores días, se cansó de que su papá el constructor la recogiera al colegio en la cicla que compró hace dos navidades como su regalo, pero por obvias razones empezó a usar, -¡Don Federico, Don Federico!, ya puede pasar; el doctor lo está esperando-. Se amarra su zapato cansado, y entra, calza su sonrisa postiza y se sienta, mientras el doctor Mendoza descruza sus manos, tomando el sobre de la mesa y evitando notablemente un saludo profundo, entran en materia rápidamente:

 

 

-Señor Garza, ¿tiene usted familia?

-Sí, claro que sí doctor, una hija muy bonita

-¿Ella vino con usted?

-No, ella...está estudiando, es una muchachita muy ocupada.

-¿Cuántos años tiene quince, dieciséis? 

-Sí, diecisésis añitos, joven mi muchacha.

-Entiendo, quiero que comprenda que es muy importante tener a un familiar presente

-¿Pasa algo doctor?, ¿tengo algo muy grave?...

 

 

De improvisto suena el teléfono del consultorio, mientras el doctor con la sorpresiva llamada  levanta la bocina, -Doctor Mendonza, buenos días...sí, por supuesto, es mi paciente...-

 

 

Son las 11:00 de la mañana, a medio caminar sale con sus adentros en las manos, sin comprender el mundo, con más preguntas de las que normalmente tiene, pero esta vez sin ninguna posibilidad de respuesta, devastado y tragando más que el sabor entero de la vida, sale don Federico del consultorio.

Él iba a recoger los exámenes de la gastritis que tiene, pero terminó recogiendo el cadáver de su hija prostituta.