Alberto Moll

A las víctimas de la pederastia

 

Ha clavado su dardo el escorpión

en tu angelical carne inmaculada

y para siempre su fatal veneno

corroerá tu sangre emponzoñada.

Con placidez vivías tu inocencia,

cándidamente te desarrollabas

desde tu infancia dulce y armoniosa

hacia el mundo de adultos que esperabas.

Pero quiso el destino despiadado

que en tu feliz camino se cruzara

aquel pérfido monstruo que, inhumano,

tu infantil florecilla pisoteara.

La desventura sobre ti ha caído,

porque sea cual sea la ignorada

senda fatal que el sino te depare,

indestructible llevarás la marca

que tu horrible experiencia dejó, amarga.

Y en medio de la noche constelada

despertarás a veces, angustiado,

en frío sudor tu sábana empapada,

y gritarás,... y no querrás gritarlo

porque nadie conozca tu desgracia.

Y de día, en tu trato con la gente,

mirarás con envidia desolada

los felices mortales que a tu lado

pasan dichosos, sin tener llagada

por un letal estigma su existencia.

El limpio amor, la entrega confiada

al ser querido que halles en la vida,

túrbido de ansiedad no deseada

tendrás que resignarte a soportarlo.

Ya nunca el sexo, delicia exaltada

para tu cuerpo, gozarás ardiente;

siempre al vivirlo sentirás la mancha

indeleble de aquellas agresiones.

E incluso, en tu andadura infortunada

por un sendero lleno de zozobras,

tal vez... tal vez aún más nefastas

lacras arrastrarás con desconsuelo.

Inexorable, tu vida será aciaga.

Acerbo y duro tu camino incierto.

Y eternamente llevarás tu máscara

ocultando tu herida vergonzante,

que se pudrirá en ti, engangrenada.