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De una calle; una calzada y dos aceras

 

Infranqueables, las hay de distancias.

Algunas mellan más que las leguas marítimas,

¡se alejan más que las antípodas!,

significan más que unos cuantos metros de altura,

¡que el alza imponente y con microclima de un tepuy!.

Existen distancias que dilatan o achican,

que separan más que las millas terrestres,

que aquellos tantos kilómetros,

cuales estirando los ojos,

convierten a los rasgados en redondos.

 

Hay distancias fatales que,

olvidándose de los vínculos de sangre,

burdas, son fratricidas,

y horadan hasta a la niñez sin contemplaciones.

 

Terrible es aquella distancia:

la que provoca la indiferencia cuando manda.

La que acude cuando un ser querido nos gira la cara,

porque unos ojos nos rehúyen esquivos

y no nos miran de frente,

cuando, huraños, se esconden,

cuando, poco cercanos, se agachan.

 

Esa distancia que pinta la mirada con tonos ásperos.

Esa distancia que delata la falta de empatía.

Esa misma que tiñe un encuentro inesperado de frío intenso.

La que toma por voz a los mudos silencios

cuando, estando en compañía, habla y habla.

 

De las peores: La que viste un rígido traje

y se ciñe a la indiferencia.

La que mutila los espacios conjuntos.

La cual sufre sordera ante los besos que se lanzan.

La que pone verjas donde no las había.

La que sujeta fronteras; alambradas y espinos.

La que a las manos unidas,

faltándole misericordia, confunde y separa.

 

Hay distancias insalubres,

que acudieron y se jactan:

de una sociedad construida con idioteces.

De un mundo que, hecho de porciones,

renunció al amor y a la comprensión,

y al hacerlo, sus deficiencias delata.

 

318-omu G.S. (Bcn-2013)