Tengo ganas de ti, de tu esencia, de tu piel, de ese aliento tuyo que quisiera sentir cerca de mis labios.
Tengo deseos de recorrer tu cuerpo con mis manos, como quien descubre lentamente un territorio sagrado; de perderme en la suavidad de tu piel y encontrar en cada rincón de ti una razón para quedarme.
Deseo tus labios finos y delicados, la tibieza de tus manos, la seda de tu cabello entre mis dedos, y ese instante en que mis ojos encuentren los tuyos y ya no haga falta decir nada.
Quiero besar tu frente, acariciar tu rostro con ternura, acercarme a ti sin prisa y dejar que el deseo se convierta en fuego, pero en un fuego que no quema, sino que ilumina.
Cuántos deseos tengo de ti… de beber el dulce elixir de tus mejillas, de perderme en tu mirada y descubrir en ella todo aquello que mis palabras no saben decir.
Mis ansias por ti no cesan.
Te pienso, te imagino, te deseo, y en el silencio de mis noches mi corazón vuelve siempre al mismo lugar: a ti.
Y cuando nuestros ojos se encuentren, quizá mi mirada te confiese, sin una sola palabra, todo lo que mi alma lleva tiempo suplicando: déjame acercarme a ti, déjame quererte, déjame descubrir contigo hasta dónde puede llegar este deseo.