Yo amo a esa mujer.
La amo con esa clase de amor que no sabe pedir permiso, que llega sin anunciarse y se instala en el alma, que no entiende de distancias, de imposibles ni de despedidas.
Ella es mi mujer soñada, mi más dulce pensamiento, la mujer con quien quisiera levantar un hogar y llenar las paredes de nuestras risas, de nuestros abrazos, de nuestras pequeñas historias, de esos instantes sencillos que terminan convirtiéndose en una vida entera.
Con ella quiero compartirlo todo: los días luminosos y las noches difíciles, los triunfos y las derrotas, el café de una mañana cualquiera, la lluvia golpeando las ventanas, el silencio después de un día agotador y ese abrazo que dice, sin palabras: \"Aquí estoy, no estás solo\".
Ella es mi alteza, mi mujer bonita, esa flor que Dios, por alguna razón que todavía no comprendo, hizo florecer en mi jardín.
No quiero otra mujer que se parezca a ella.
No quiero una copia de su sonrisa, ni unos ojos parecidos a los suyos, ni una voz que intente ocupar su lugar.
Yo la quiero a ella.
Porque ella es única.
Y quizá por eso duele tanto amarla.
La imagino a mi lado, compartiendo conmigo un hogar, despertando juntos, construyendo nuestros sueños piedra sobre piedra, envejeciendo lentamente mientras la vida pasa.
Y algunas noches me permito soñar todavía más lejos...
Imagino un hijo nuestro.
Un pequeño milagro nacido del amor, con su mirada y mi sonrisa, con sus gestos y mis maneras, con algo de ella y algo de mí caminando por el mundo.
Imagino escuchar una pequeña voz llamándome: \"Papá\".
Y no sé si existe felicidad más grande que imaginar a un hijo de la mujer que amo corriendo hacia mis brazos.
Quisiera darle todo mi amor.
Protegerlo.
Enseñarle.
Verlo crecer.
Y mirar en sus ojos el reflejo de la mujer que alguna vez hizo que mi corazón soñara con tener una familia.
¡Dios mío, cuánto amo a esta mujer!
Gracias por haber permitido que nuestros caminos se encontraran.
Gracias por haberme dejado conocer su existencia,
por haber puesto su nombre en mis pensamientos
y su recuerdo en mis noches.
Pero después despierto...
Y vuelvo a mi realidad.
Quizá ella nunca llegue a ser mi compañera.
Quizá yo no sea el hombre que ella espera.
Quizá su corazón tenga otros sueños y en ellos mi nombre no esté escrito.
Y entonces comprendo que amar también significa aceptar que no siempre podemos tener aquello que más deseamos.
Tal vez para ella un corazón lleno de amor no sea suficiente.
Tal vez necesite algo que yo todavía no puedo darle.
Tal vez la vida haya escrito para nosotros
una historia diferente de la que yo sueño.
Y aunque duela, no quiero convertir mi amor en una cadena.
Solo quiero que sea verdad.
Porque yo no quiero poseerla; quiero que algún día, si la vida nos concede esa oportunidad, ella también quiera elegirme.
Quiero que me entregue su tiempo porque le nace, sus abrazos porque los desea, sus cuidados porque me ama, sus sueños porque quiere compartirlos conmigo.
Quiero un amor que no tenga que suplicarse.
Un amor que llegue de los dos lados, que se quede por voluntad, que resista las tormentas y que encuentre siempre un motivo para volver a casa.
Pero si algún día no soy yo quien camina a su lado, si otro hombre recibe sus besos, si otro escucha su risa al despertar, si otro tiene la dicha de llamarla esposa...
Entonces solo le pediré a Dios que la cuide.
Porque aunque nunca sea mía, aunque jamás pueda llamarla \"mi mujer\", aunque este amor termine siendo solamente un hermoso secreto de mi corazón... yo seguiré agradeciendo haberla conocido.
Porque hay personas que llegan a nuestra vida
para quedarse.
Y hay otras que llegan para enseñarnos hasta dónde puede amar un corazón.
Ella quizá sea ambas cosas.
Mi sueño más hermoso.
Mi deseo más profundo.
Mi imposible más querido.
Y mientras mi corazón siga pronunciando su nombre, mientras pueda encontrarla en mis pensamientos, mientras su recuerdo siga floreciendo dentro de mí...
seguiré amándola.
Sin reemplazos.
Sin comparaciones.
Sin buscar otra igual.
Porque yo no quiero otra.
Yo la quiero a ella.
A esa mujer.
A mi mujer bonita.
A la mujer que, aun sin saberlo, se convirtió en uno de los lugares más hermosos donde alguna vez quiso vivir mi corazón.
Y si algún día la vida decide concederme el milagro
de verla caminar hacia mí y decirme: \"Quédate\".
Entonces no necesitaré pedirle nada más a Dios.
Porque tendré su mano entre las mías, su corazón junto al mío y toda una vida por delante para decirle:
Te amo, mujer bonita.
Te amo hoy, te amaré mañana y mientras exista en mí un corazón capaz de amar, nadie podrá cambiar lo que siento por ti.