Sara (Bar literario)

De la lluvia y su sordera

Llueve...

Las palomas son ojos de niño en las avenidas. Sus ojos son de color márfil en las lanzas de los cazadores. Lo veo con la mezquina absolución de un observador situado en la silueta de un sistema que aborrezco, del que me alineo, pero que me tiene sujeta en la plataforma ina-movible de su salvación.

Nada hacen ellos, nada hago yo. 

Somos la nada que nos absuelve de estar vivos. Somos la nada que se violenta contra los muros y dejamos residuos de otra nada que coexiste en nosotros. Una nada del ser que seremos en las poco transitadas avenidas del sueño. Sí, soñamos, lo hacemos con los miedos despiertos y la imposibilidad suscrita en los peldaños de nuestra frente, en la arena movediza amontonándose en los candados de nuestros pies.  Sufriendo el pesado envoltorio que tenemos de todos aquellos que somos en los otros.

Sufro en la que se abre la humanidad para recibir el animal muerto de sus miserias. Lloro en la muerte del que se ha ido después de haber hurtado del hambre todas sus purgatorias riquezas. Te sufro amor mío, solo a ti te sufro, como si en mí existieran los valles de tus tristezas. Solo a ti, como si el hombre que se recuesta en la levedad de mi memoria, jamás en mi costado, se abriera.

 

Llueve...

Los niños juegan, son palomas revoloteando sobre los mendrugos.

Todo está bien...

Vivir en esta ceguera, vale, nos vale -la pena-