MarceloE51

Un águila en las alturas

Caminaba Aurelio Gómez esa mañana por el barranco.

El sol ya se encontraba alto, y una brisa suave golpeaba su cara. Rostro de piel curtida. Una mente serena. 52 años a cuestas, y una vida llena de recuerdos.

A cada paso que daba, el polvo se sacudía en el camino.

Un pico con largo mango descansaba sobre su hombro. Su mano fuerte lo sujetaba.

 

A preparar la huerta iba, como todos los días. 

Hombre criado en la montaña. De muy pocas palabras.

De hablar cuando era necesario. Y de escuchar con atención, porque era muy importante.

 

Sus cabras vagando por allí, como contentas por la libertad, y la dicha de poder alimentarse, en donde un ojo apurado no encontraría nada para comer.

 

Aurelio tenía esa virtud. La de encontrar riqueza en un páramo desolado. De contentarse con lo poco, que para él era mucho.

 

 

Mientras  labraba esa tierra pedregosa, cuidando de no resbalar en la ladera empinada, pensaba en su mujer, Lucía, compañera de toda una vida.

 

 

Ella se encontraba en la casa, a unos cien metros de allí.  Acariciando un perro  pequeño, que la miraba como con admiración.

 

Hilaba vellones de lana de sus ovejas. Y tantas cosas más.

 

Uno de sus 4 hijos, el mayor, se acercó a ella.

 

-        Mamá, siento que ya quiero ir a trabajar al pueblo. Juntarme con Jacinta, y  armar un rancho allá.

Como ya le había contado, ¿vio?

 

-        Sí mi hijo. (con una lágrima corriéndole por su mejilla, pero al mismo tiempo con una dulce sonrisa).

 

-        Bueno, ya le dije a mi Padre también esta mañana. De verle      en la huerta vengo.

 

-        Sea un hombre limpio de alma. Trabajador y generoso. Y con su mujer un buen compañero.

 

-        Sí mi Mama. Como aprendí de ustedes.

 

 

Un fuerte abrazo los despidió.  Saludó a sus hermanos menores, que le pedían que trajera de visita a Jacinta.

Y un rato después, saludó a su padre, que ya volvía de la huerta con rostro cansado pero satisfecho.

 

 

-        Siempre por la buena senda  mi hijo. ¿Me entiende?

 

-        Sí mi tata. No le voy a defraudar.

 

Y con un abrazo de brazos fuertes, y unas palmadas en la espalda que de tanto cariño casi le desacomoda los pulmones al muchacho, le despidió.

 

 

Y volvió Aurelio a paso lento rumbo al rancho.

 

Sus hijos que cuidaban las cabras, se alegraron al verle llegar, y corrieron a su encuentro a ayudarle con la carga de comestibles y leña.

 

Su mujer, en el umbral de la puerta, le esperaba con ojos brillosos de alegría.

 

 

-        ¿Cómo está mi moza?

 

-        Bien Aurelio.

 

-        No te pongas tan triste mujer.  El muchacho volverá pronto. Debe seguir su camino de hacerse hombre.

 

-        Pienso igual. Pero me emociona verle partir.

 

-        ¿Y no le vendrá bien a usted un abrazo?

 

-        Claro que sí. (fundiéndose en ese pecho de hombre).

 

 

Los niños, con caras de ver algo bueno, se encontraban allí  detrás en silencio.

 

Y el perro, moviendo su cola, festejaba a su manera el momento.

 

 

Se sentaron en una mesa vieja, de madera gastada.

Un guiso caliente con choclo, papas y carne de cordero, humeaba en sus platos.

 

Antes de comenzar a comer, todos bajando sus rostros, y tomados de la mano, dijeron casi susurrando:

 

-        Tata Dios…., muchas gracias por nuestro tesoro.

 

 

 

Un águila  recorría el paraje desde lo alto.

Desde las alturas se veía un pequeño rancho, perdido en la inmensidad de las montañas.

 

Y el Tata Dios, sonrió complacido, al ver que por allí, lo más importante de su creación, no estaba perdido.

 

 

 

 

 

Marcelo Arrizabalaga.

 

Martes 9 de Abril del 2.013.