Puedo estar triste o puedo estar alegre, pero basta una palabra tuya para cambiar el rumbo de mi día, para convertir mis silencios en sonrisas o llenar de sombras las habitaciones de mi alma.
Tienes ese extraño poder que quizá ni siquiera sabes que posees: el de tocar mi corazón sin tocarlo, el de estremecer mis sentidos con apenas una frase nacida de tus labios.
Si tus palabras son dulces, seducen mis sentidos, acarician mis pensamientos y envuelven mi alma en una serena paz.
Pero si llegan cargadas de tristeza, si llevan el filo de la indiferencia o el sabor amargo del enojo, mi corazón parece partirse en silencio y una cruel melancolía se instala lentamente dentro de mí.
Si me dices una palabra de amor, me elevas hasta el cielo y siento que camino entre ángeles y querubines, como si por un instante el mundo entero hubiera sido creado solamente para escuchar tu voz.
Pero si tus labios pronuncian una palabra hiriente, me arrojas al otro extremo del universo, a un infierno sin llamas, donde el alma suplica misericordia y el corazón, indefenso, solo sabe preguntarse qué hizo para merecer tanta distancia.
Tus palabras tienen un encanto inexplicable, y la manera en que las conjugas parece decidir el estado de mi corazón.
A veces, mujer hermosa, prefiero que guardes silencio, porque hasta callada eres irresistible.
Hay algo en tu mirada, en esa forma tuya de quedarte en silencio, que también sabe hablarme y hacer que me enamore todavía más de ti.
En ti existe una belleza capaz de transformar corazones, de cambiar miradas, de hacer que un instante cualquiera se vuelva inolvidable.
Por eso, mujer linda, si algún día vas a decirme algo, te lo suplico: que sea esa palabra hermosa que tanto anhelo escuchar de tus labios.
Dímela despacio.
Dímela sin miedo.
Dímela como si fuera la primera vez.
Dime:
«TE AMO».
¡Conjúgame esas dos palabras, amor mío!
No me cansaré jamás de escucharlas, porque cuando nacen de tus labios parecen tener otra música, otra magia, otra forma de llegar hasta mi alma.
Tus palabras cambian mi vida.
Cuando mueves tus labios para hablar, mi corazón permanece atento, como quien espera una noticia
capaz de cambiarle el destino.
Si es una palabra de amor, todo se vuelve hermoso.
Los problemas parecen pequeños, la vida se vuelve más clara y hasta aquello que parecía imposible comienza a parecer normal.
Porque tus palabras de amor tienen la extraña virtud de hacerme mirar el mundo con otros ojos.
Pero si llegan desde el enojo, hasta lo más hermoso pierde su color; el cielo parece oscurecerse, la alegría se esconde y mi alma se vuelve tímida e indefensa ante la fuerza de tus labios.
Así de poderosas son tus palabras: pueden cambiar mi ánimo, mi día, mis pensamientos y hasta la manera en que miro la vida.
A veces pienso que tus palabras son el camino que conduce mi día hacia el cielo o hacia el infierno.
Por eso, algunas mañanas, cuando sé que no estás de buen ánimo, prefiero tu silencio.
No porque no quiera escucharte, sino porque conozco el poder que tienes sobre mí.
Si estás triste, si estás molesta, si el mundo te ha hecho daño, no tienes que fingir conmigo.
Puedes quedarte callada.
Quédate así, con esa mirada tuya que parece decirlo todo, con esos labios cerrados que, aun sin pronunciar una palabra, siguen pareciéndome irresistibles.
Porque cuando no quieras hablarme, yo aprenderé a respetar tu silencio.
Y cuando vuelvas a sentir ganas de hablar, aquí estaré…
Esperando aquella palabra que puede devolverle luz a mi mundo.
Esperando escuchar de tus labios esas dos palabras que para mí valen más que todas las palabras del universo:
TE AMO.
Y si alguna vez me preguntas qué quiero escuchar de ti, no necesitaré pensarlo.
Solo acercaré mi corazón al tuyo y te pediré, en silencio, que vuelvas a conjugar la palabra más hermosa que existe cuando la pronuncias tú:
AMOR.