J.Marc.Sancho

PERROS DE CAZA

Era una noble alma,

no tenía un doctorado,

ni un graduado, ni un diploma,

ni era escritor.

Solo era un triste

sin salir al exterior,

un honrado trabajador.

 

Cuando me abrí al mundo

llegó a mí, el sonido de los gavilanes,

de las acicaladas aves,

de las rapaces que otean el extenso cielo.

 

Llegó hasta mí

el zumbido de las golosas abejas,

el gruñido de los plantígrados ávidos de miel;

la voz de los sabios,

de los corazones vanos,

hirientes y sedientos de ambición

de anhelar distancias entre humanos.

 

Barrunté los visajes

de los zorros que me hicieron lego;

y la tristeza ensombreció mi vida,

y busqué el ocaso de la tarde

y me cubrió la noche con su negro manto.

 

Anduve por la más sombría espera

escuchando, callado,

y sintiendo mis temblores,

soportando mi fatiga,

mis sudores,

sabiendo que el tiempo abrazaba mis razones.

 

Me hice viejo y se igualó

la cultura, el saber, el nivel,

ya no hay excusas que atender.

Surgió el juez del destino

el mal del hombre cruel,

el castigo del egoísmo.

Y se vieron las notorias diferencias

de una era,

entre individuos con la misma ciencia.

Y se oyeron voces de protesta

y salieron pidiendo razones,

y se apagaron,

y siguieron las malvadas diferencias.  

 

Y mi alma se adentró en la sima más profunda,

se forjó entre inmensas lenguas de lava

y se templó con el frío de las abisales aguas.

Tengo un alma de acero

en el fondo de mis entrañas,

mis costillas llenas de mortíferas arañas,

en mis manos dos temibles garras

y mis caninos son, feroces dagas.

Mi cuerpo se transformó

en una temible espada navegante

por un huracanado océano.

¿Quién, quién quiere abrazarla?

 

La vida se apaga,

no es posible escapar

del ansia humana.

¡Oh, Perros de caza!

 

J. Marc. Sancho 17/01/2013