ronald tadeo ramirez elizalde

𝐓𝐔 𝐕𝐎𝐙

Aunque no pronuncien tus labios una sola palabra para mí, cuando leo tus frases, siento que tu voz me acaricia como una brisa tibia sobre el alma, como un susurro que llega desde lejos para decirme que aún estás aquí.

 

Hay tanta dulzura en tu manera de hablar, que en cada palabra nace una ternura, un murmullo de inocencia que despierta en mi pecho la más hermosa de las emociones.

 

Tu voz es música sagrada, melodía que al alma llena de gozo, un pedacito de cielo que desciende sobre mis días para devolverle luz a mis ojos.

 

Y cuando escucho de tus labios esas dos palabras que tanto amo: “mi amor”, algo dentro de mí se estremece; porque no existe sonido más hermoso ni palabra más dulce capaz de hacer florecer mi corazón.

 

Tu voz es el sonido más suave que mis sentidos han conocido; una melodía que mi alma reconoce aunque el mundo entero permanezca en silencio.

 

Cuando estoy solo en mi habitación y la tristeza se sienta a mi lado, te evoco en mis pensamientos y, de pronto, llega tu llamada: entonces los kilómetros se vuelven pequeños y la distancia pierde su poder.

 

Si alguna vez pensarte me oprime el pecho y la ausencia se vuelve insoportable, busco tus mensajes, leo nuevamente tus palabras y, por unos instantes, olvido que estás lejos.

 

Porque tu voz tiene ese extraño poder: puede llenar de vida un corazón vacío, puede convertir la soledad en compañía y hacer que una noche triste parezca una noche de primavera.

 

En tus labios las palabras se transforman en acordes, en versos, en canciones; y cuando conversas, parece que hasta el silencio aprende de ti a ser elegante.

 

Hay algo en tu manera de hablar que perfuma el aire que te rodea, como si cada palabra llevara escondida la fragancia de tu alma, esa esencia que no se ve, pero que mi corazón sabe reconocer.

 

A veces pienso que las diosas guardaron para ti su más hermoso secreto y pusieron en tu voz la dulzura de las sirenas, la música de los cielos y la ternura de todas las primaveras.

 

Porque ni las sirenas de la antigua mitología, con sus cantos capaces de hechizar los mares, podrían igualar la dulce melodía que nace de tus labios cuando pronuncias mi nombre.

 

Recuerdo aquel día, vida mía, cuando por primera vez tu voz llegó hasta mí.

Sentí algo inexplicable: como si una parte de mi alma, que llevaba mucho tiempo dormida, despertara de repente.

 

Fue como renacer.

 

Como escuchar un himno de amor entonado desde las alturas, como si el cielo hubiera decidido traducir su belleza en el sonido de tu voz.

 

Desde entonces la guardo en mi memoria, la busco en mis silencios y la espero en mis noches.

 

Por eso, vida mía, no me apartes nunca de tu voz.

Háblame cuando puedas, llámame cuando me extrañes, déjame escuchar ese sonido que convierte mi tristeza en esperanza.

 

Porque entre tantos sonidos del mundo, hay uno que mi corazón eligió para siempre: tu voz.

 

Y si algún día me preguntas qué necesito para sentirte cerca, no pediré riquezas, ni promesas, ni milagros…

 

Solo déjame escuchar tu voz, porque cuando hablas, la distancia desaparece, la soledad se rinde y mi corazón vuelve a sentirse un poco más cerca de ti.