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ADOLFO CESAR MARCELLO

La mano de Dios...

          Había llovido el día anterior, pero salió un sol espléndido. Me encontraba con un amigo dentro de un camping, que bordeaba el río Loro, cercano al dique \"El Cadillal\" de Tucumán.

          Con Antonio, éramos compañeros de colegio desde niños; allí aprendimos a nadar en una pileta de natación reglamentaria, donde tirábamos monedas al fondo, para recogerlas después nadando al ras del piso. Era un excelente entrenamiento, aguantábamos la respiración lo que más podíamos.

          Al ser los dos con un espíritu muy competitivo, nos desafiábamos para cruzar el río, aún estando éste crecido, el mismo estaba profundo y correntoso. Cuando me acordé que un año atrás, solíamos pasar por unos caños grandes que estaban debajo de un puente, próximo al lugar (claro que con menos caudal de agua) e inmediatamente nos trasladamos ahí.

          Entonces le dije: -  Andá más adelante y controlá el tiempo... cuando aparezca con la cabeza afuera en el otro lado del puente, después te zambulles vos, si?

          Mi amigo asintió y se fue al lugar indicado; me tiré al río buscando pasar a través de los tubos, pero al llegar al interior de uno, choqué violentamente con algo. Se suponía que debía tener una salida, en vez de ello, había una tela metálica.

          Me sentí como un pájaro entrampado en una jaula y me desesperé por unos instantes...la fuerza del agua no me permitía salir del tubo, tenía la corriente en contra. En ese momento pasaron mil pensamientos por mi cabeza y recordé las palabras de un profesor de natación, que me dijo: -  \"Si alguna vez te encuentras en peligro de ahogarte, jamás pierdas la calma, por más difícil que parezca; pon en práctica todo lo que te enseñé y confía en tu instinto de supervivencia\".

          Ya tranquilo, procedí a actuar conforme a eso; buscaba con movimientos suaves que algún remolino, me lleve a la superficie, pues mis pulmones estaban a punto de estallar. No sé cuanto tiempo estuve en esa situación, pero debo decir casi con seguridad, que fue el tiempo límite que un ser humano puede aguantar.

          Intentaba una y otra vez...y nada; cuando creí que ya no tenía ninguna esperanza, miré hacia arriba y pensé: -  \"Dios, no quiero morir, dame una mano\"...

          De pronto, sentí que algo me elevaba-  tal vez un remolino-  e instintivamente estiré mi brazo con mi mano abierta, para agarrarme de algo. Pude respirar profundamente al sacar mi cabeza unos instantes, fue un verdadero alivio; un segundo más...y no contaba el cuento.

          Me había agarrado apenas con dos dedos, de una ramita de un sauce llorón que estaba en la orilla del río, no entendía nada, yo me encontraba alejado del árbol. La rama era muy finita, todavía no estaba a salvo, la misma se podía cortar en cualquier momento.

          Por lo que me armé de valor, paciencia y saqué también el otro brazo para ayudarme. Al sentir que tocaba una parte más gruesa, opté por darme un envión que me sacó la mitad del cuerpo; empecé a bracear con todas mis fuerzas...y pude llegar a la orilla, estaba muy fatigado.

          De inmediato, llegó mi amigo para prestarme ayuda y con lágrimas en sus ojos, me expresó: -  Amigo mío, pensé que te habías ahogado, no te podía ver por ningún lado; pasó algo raro, sabés? Cuando no había una pizca de brisa, se hizo un viento tan fuerte que casi me llevó. -  Ah, si...fue \"la mano de Dios\"; le dije.

          Me miró extrañado y le expliqué que gracias a ese viento pude salvar mi vida, porque me arrimó la ramita del sauce, que agarré para poder salir. Miré al río una vez más y levanté mi mirada al cielo, agradeciendo la alegría de vivir; creí ver a Dios en una nube...guiñándome un ojo.



\"Jamás debes perder la fe, cree en ti mismo y en Dios,

si lo buscas...lo encontrarás\".



Adolfo César (NAZARENO)