Desde el principio te confesé mi amor, sin máscaras, sin miedo, sin reservas.
Me ilusionaste con palabras dulces, con esas promesas que parecen eternas cuando el corazón todavía cree.
Fui sincero al entregarte el alma; puse mi corazón entre tus manos sin imaginar que, en el misterio de tus palabras, terminaría enamorándome de ti más de lo que jamás debí.
Me hablaste como hablan las sirenas: con voces capaces de hacer soñar al mar.
Y yo, ingenuo de esperanza, vi un futuro dibujado en tus ojos cuando te entregué todo lo que sentía.
Pero el tiempo desnudó las palabras y dejó al descubierto mis heridas.
Hoy de aquellas promesas solo queda tu nombre, un nombre que todavía habita mis versos y que, al mismo tiempo, me ha dejado sin inspiración.
¿Cómo volver a escribir poemas de amor si la poesía que nació por ti terminó convirtiéndose en recuerdo y dolor?
¿Qué daño pude hacerte con amarte?
¿Qué pecado cometí al entregarte el corazón?
Si nunca sentiste lo mismo, ¿por qué dejaste que te amara, que te soñara, que construyera ilusiones sobre la sombra de un mañana contigo?
Hoy te has ido de mi vida dejando un vacío que no sé nombrar. Has despreciado un amor puro, limpio, sincero y verdadero.
Quizá hoy otros ojos te miren, quizá otros corazones pronuncien tu nombre, quizá encuentres en otros brazos lo que conmigo no quisiste encontrar.
Solo espero que alguna noche, cuando el silencio visite tus sueños, no aparezca yo como un fantasma, sino como un recuerdo lejano de alguien que te amó de verdad.
Porque ya no soy el mismo.
He cambiado.
Me he alejado de ti con la esperanza de olvidarte, pero hay recuerdos que se niegan a morir y sueños que regresan sin pedir permiso.
Te sembraste en mi memoria como un tatuaje sobre el alma, y cada vez que intento arrancarte de mis pensamientos, algún recuerdo vuelve y golpea nuevamente mi corazón.
Quizá no te importe mi tristeza.
Quizá jamás conozcas la dimensión de esta herida.
No sabes cuántas veces he intentado arrancar de mi pecho aquellas palabras que me diste, esas mismas que alguna vez fueron esperanza y hoy son espinas.
Pero no puedo mentirte.
No puedo engañarme.
Ni fingir ante el mundo que dejé de amarte.
Te sigo amando.
Te amo en el nacimiento de cada día, en el silencio de mis noches, en esos sueños donde todavía apareces sin saber que, al despertar, vuelves a dejarme solo.
Te amo en mis pensamientos, aunque ya no quiera hacerlo.
Te amo incluso desde esta distancia que hoy me obliga a aprender a vivir sin ti.
Sé que mi tristeza quizá no te importe, que tal vez nunca sientas culpa por las ilusiones que sembraste en un corazón que solo quiso amarte y respetarte.
Pero hoy he decidido marcharme.
No porque haya dejado de sentir, sino porque aprendí que amar también significa saber cuándo partir.
Me alejo de tu vida.
Me alejo de tus palabras.
Me alejo de los recuerdos que tantas veces me han hecho daño.
No quiero seguir viviendo de promesas que nunca llegaron, ni esperando un amor que jamás decidió quedarse.
Quizá encuentres otros brazos, otras noches, otros labios, otras historias.
Es tu camino y lo respeto.
Pero recuerda algo: hay amores que no se reemplazan porque no nacieron del deseo de poseer, sino de la necesidad de entregar el alma.
Y algún día, quizá, cuando el ruido de la vida se apague y te encuentres a solas contigo misma, tal vez recuerdes que hubo alguien que no te quiso por un momento, ni por una noche, ni por conveniencia.
Hubo alguien que te quiso de verdad.
Ese hombre fui yo.
Y aunque todavía te amo, hoy debo decirte adiós.
No vuelvas a buscarme cuando el cansancio de la vida te haga extrañar aquello que un día despreciaste.
Porque las puertas de mi alma que estuvieron abiertas para ti durante tanto tiempo, hoy comienzan a cerrarse.
No con odio.
No con rencor.
Sino con la tristeza de quien finalmente comprendió que no puede obligar a nadie a quedarse.
Y cuando esa puerta se cierre, no será porque dejé de amarte.
Será porque, por fin, aprendí a amarme a mí mismo.
Adiós.
Y esta vez, que sea para siempre.