Eduardo Urueta

Los Suicidas


Los insalvables

son los suicidas.

 

No es el cielo el aire

sino un pesar o un aliento débil.

No es la flor quien merienda los ojos

es una rata de pie meciéndose.

No es el amigo el mudo tatuaje de su dormitorio

es el próximo dolor.

 

Los suicidas son un filtro que no sirve,

que no tiembla, uno que quema.

No es el verso un arco de la melodía sino la epidemia de la palabra.

 

Son un cáncer atraído, no negado.

Los besos... no eesgarran, no se desean, no se sienten,

son un caimán sin alga.

La nieve es su novia blanca.

La ceniza es el destino que ya esperan.

La madrugada es el tiempo que viene.

Y las abejas un dulce para acostumbrar a las fracturas.

 

¿Quién, amargo, les oprimirá el pecho

y esculpirá un agrio idiota?

¡Qué pequeños vacíos, qué grandes negros!

Qué laguna turbia poseerá su huella herida

como un teatro que recoge frases de sólo un día

y escupe el alma para quedarse calaveras.

 

Suicidas de ojos abiertos inútilmente.

Hay que morder, si puede la esquina ser recina,

la espera y agrietarla y remediar a los deshabitados.

 

Los suicidas van mojando las aceras con su alma líquida.

Son unas lombrices que no sorben agua para secarse desgarradas por sequía. Levantemos, si es que la hojalata se vuelve una escalera,

a los golpeados y recostemoslos en viernes;

sentirán que se alejan los desesperados cuchillos que los navegan.

 

El día en que el insomnio sea una inspiración para la rendija

y los paisajes una piel para los descarnados,

una sonrisa rallará el frenesí de la cuchara enterrada y nardos harinarán los dientes de sus sonrisas.