ALVARO J. MARQUEZ

SEÑORA...

Sentir un deseo infinito/ de amarla sin receso,/ es ante el Padre bendito/ la primera culpa que confieso.

Señora, ya dejemos por favor el teatro,

no tenemos un día, ni dos ni tres ni cuatro

sabiendo lo que usted y yo sabemos...

Cualquiera lo notará si analiza con paciencia

y nota la muy extraña frecuencia

con la que usted y yo ahora nos vemos.

 

Sé que le perturba mi cercanía,

que si toco su mano la sentiré fría

porque los nervios seguro la tienen presa.

Usted sabe que no me puede culpar

por tomarme un tiempo sólo para contemplar

y ver que sigue intacta su belleza.

 

De jóvenes nos conocimos

pero la verdad es que nunca le dimos

importancia a nuestro sentir...

Ambos hoy tenemos más experiencia,

es verdad que hemos dejado la adolescencia

pero ninguno de los dos ha dejado de vivir.

 

Usted tiene familia, hijos, se casó...

y algo parecido a eso hice yo

pero no sólo en eso coincidimos, yo creo;

aunque nos casamos y ambos firmamos un papel,

no se ha perdido entre su piel y mi piel

una cosa que llamamos “deseo”.

 

Que es lo que la tiene allí temblando,

pues siente que la cuenta regresiva está empezando

para que usted se entregue en mis brazos.

Ambos sabemos que para pecar

algunos pasos hay que dar

y sé muy bien que usted dará esos pasos.

 

No quiere pecar pero del pecado está a punto,

es cierto que la infidelidad es un asunto

del que a su edad no se cree protagonista.

Pero también sé y claro siempre lo vi,

que lo que ha sentido por mí

nunca lo ha perdido de vista.

 

Este momento no habrá quien nos lo quite,

la hora de la revancha, del fiero desquite...

La hora de hacer del amor nuestra virtud.

Aunque parezcamos indecentes, obscenos,

pero tal vez sólo de esa forma perdonemos

tanta inocencia en nuestra juventud.

 

Cuando estuvimos tan cerca... y nada

y una historia que pudo ser real es sólo imaginada

y está vacía de emotivos, especiales instantes.

Por dos seres que asumen como sus castigos

haber jugado a ser sólo amigos

cuando pudieron jugar a ser amantes.

 

Señora, vaya quitándose ese collar

porque será lo primero que le voy a quitar

antes de toda su ropa despojarla...

En mis brazos tan mujer se sentirá

que por ser infiel no le importará

si ni Dios quiere perdonarla.