Eduardo Urueta

Amigo, ya deja de ser mi amigo


Amigo, ya deja de ser mi amigo.

Escucha al pueblo redondo de mis dedos.

Jóvenes son, como tú.

Debemos ser iguales.

 

Tu carne es ascensión:

ágil barro viudo,

desde que lo privado ya no quiso

inculcarte al Distrito Federal

por quien las pesadillas son semillas diarias.

 

El México doloroso

es tu habitación.

Eres tu propio país

y la granola,

la tierra oscura que planta al sol

y la antología de la clínica y la cárcel

en la que preservas un amor presupuesto.

 

Amigo, ya deja de ser mi amigo

porque tu nombre es todos los árboles

porque te dedico toda la poesía

porque el pecho se me hizo luna

y loma el corazón

para que en la gastada soldadura

nos defienda la esperanza para que el polvo que erosiona

se condense en lo que aún no somos.

 

No sé si conocer tu vello

o acariciar tus pies,

después de algún naufragio pálido,

pudieran ser un rencor

o un deseo interminable.


No sé qué tanto

la electricidad sea un campo

cuando tu lengua sea tapón de mi ombligo

o cuando nos rocemos tanto

que el amor sea un callo.

No, no sé qué tanto nos causemos otros.

Sólo sé que te precipitas

y que eres un hondo crimen apasionado que cumple su bastante tierra.

 

Estoy sin ti en una sandía

Sin ti en los pastos

Sin ti estoy en la poesía

naturalemente

y aunque no estoy solo

los pájaros no tinen voz,

ni un texto de Foucault,

ni los árboles que eres,

ni la sandía que me como;

más que la mía.

Eres mi voz, amigo.