Andres Zaabat

Al enemigo íntimo.

Ay, y el silencio, ¿qué más podría decir?

Represión y cólera brotan cuando esa cuerda

Inalcanzable, inquebrantable,

Sensiblemente vibra,

Aquella a la que nada toca,

Afinada en el abismo sin fondo,

Desdeñoso, que se esconde dentro de mí.

 

Entonces huyo,

Nadie debe escucharme,

Desde lo más dentro de mí,

Como el agua que se desborda,

Huyo.

Huyo adonde no sé donde es.

Adonde algún lugar que tal vez no sabe si existo,

Me espera.

¿Y acaso existirá ese lugar?

 

Ese enemigo que no sabe quien soy,

No sabe qué sé yo de él.

Aun así, nos conocemos.

Y reconoce mi rostro igual que la palma,

Como yo reconozco su rastro,

Dentro,

En el alma de carne que quiere ser mía.

 

Y el alma de carne ronca,

Y yo escribo para no quitarle el sueño,

Esto nunca lo entendería.

Puedo olerlo.

Tendría que escribir esto.

Estaría escrito

Que tendría que escribir esto.

Una y otra vez

Hasta el fin de los tiempos.
 

Ay enemigo mío.

Te regalo entre mis versos,

Frente a frente,

algo del suspiro de sus besos.