ronald tadeo ramirez elizalde

𝐏𝐑𝐈𝐌𝐀

Estoy enamorado, quizá con más fuerza que ayer; y aunque jamás te pertenezca, mi corazón no ha dejado de quererte.

 

Cuando contemplo tus retratos, una lágrima vence mi mirada; porque te veo tan hermosa, y tan distante de mis esperanzas.

 

Me siento un joven nuevamente, con la ilusión de conquistarte; pero vale más el lazo que nos une que este incendio que llevo por dentro.

 

Tu belleza me deja sin palabras, tu nobleza acaricia mi alma; despertaste un amor dormido que nunca debió despertar.

 

Quizá habría sido más sencillo no cruzar jamás nuestros caminos; así no cargaría este silencio ni pondría en riesgo nuestra amistad.

 

Son misterios que escribe el destino, y no me avergüenzo de sentir; porque quien conoce tu esencia comprende el milagro que habita en ti.

 

Mírate en el espejo, vida mía: eres tan bella como un amanecer; para mis anhelos imposibles, eres la estrella que jamás podré alcanzar.

 

Qué hermosa figura la tuya, delicada como una sirena; por rozar un instante tus labios sería capaz de desafiar mi propia condena.

 

Perdóname... perdóname.

Esta pasión imposible me consume.

Cuanto más miro tu imagen, más imposible te vuelves para mí.

 

Si no existiera la sangre que nos une, te pediría de rodillas una oportunidad; tomaría tu mano con orgullo para caminar contigo hacia el altar, jurándonos un amor eterno.

 

Jamás imaginaste escuchar estas palabras de quien siempre te habló con respeto.

Y precisamente porque te respeto, hoy desnudo mi alma con temor.

 

Le pido a Dios que me perdone, y a ti también, princesa mía.

Quisiera conservar por siempre la dicha de llamarte amiga.

 

Fueron mis ojos los culpables; mi corazón solo los siguió.

Y tus nobles sentimientos terminaron por conquistarme.

 

Qué condena tan silenciosa, qué dolor tan difícil de nombrar: desearte con toda el alma y tener que llamarte \"prima\".

 

Quisiera reescribir la historia, pero el tiempo jamás vuelve atrás.

Mi corazón late por tu nombre, aunque mi destino sea callar.

 

Nunca quise ofenderte ni herir tu dignidad.

Los sentimientos nacen sin permiso y el corazón no siempre sabe obedecer.

 

No me guardes rencor, mi niña, por amarte siendo mi prima.

Amar jamás será un pecado, aunque este amor deba quedarse en silencio.

 

Nunca fue mi intención lastimarte.

Daría la vida por verte feliz.

Tu alegría será siempre la mía, y tus lágrimas, mi tristeza.

 

Ahora sonríe...

Sonríe por este corazón que te ama, aunque haya comprendido que nunca podrá llamarte su amor.

 

Porque existen amores que nacen para ser eternos, no por vivirse, sino por aprender a renunciar a ellos.