teresa ternavasio

FUEGO (CUENTO CORTO)

FUEGO

 

La tarde es fría. Me acurruco cerca de la chimenea, sentada en uno de los extremos del sillón.  No es suficiente, el frío no me abandona Camino cinco pasos y me siento en cuclillas sobre la alfombra roja, que parece más roja con el reflejo de las llamas. Pienso, en las cosas que hice y en las que no hice. Tengo veinticinco años y nadie tiene algo  para agradecerme, porque en realidad nunca pensé en los demás.

Tengo las manos heladas, también el alma.

Después de media hora, la danza del fuego se ha robado mi mirada y ocupa mi mente. Ahora solo veo el juego cromático de las llamas, azul,  rojo, amarillo, naranja. Sus lenguas parecen amantes que se abrazan y se besan…¡Oh el fuego, el fuego…

 

¡Fuego!, grita alguien

Soy Agripina en este lugar, la madre de Nerón.

Corro buscando al emperador que se encuentra plácido y concentrado, cantando y   tocando la lira.

-¿Advirtió el emperador que el fuego está ganando las calles de Roma?

-Si madre, tan pronto pueda saciar las exigencias de  mi espíritu, me ocuparé

 

El fuego había comenzado en un centro comercial de la gran ciudad y debido a las mercancías inflamables que allí se vendían,  no tardó en expandirse. Aunque los incendios en Roma eran frecuentes, el terror de la gente era siempre el mismo Los hombres corrían recogiendo sus mujeres y sus hijos. Las llamas cobraban mayor intensidad al ganar espacio. La huída era angustiosa, la impotencia  desesperante al ver como el fuego destruía sus hogares.  Nadie olvidará el incendio del 18 de julio del año 64 (d.C) que duró seis días, con el desastre consabido.

 

-Aquí me quedo- dice  Nerón con su capricho insano- y sin inmutarse observa desde su balcón, el avance de las llamas sobre la ciudad eterna.

 

-Los cristianos ocasionaron el fuego y por ello morirán

-Es lo más justo, gran emperador- dije y desaparecí musitando…¡Oh el fuego, el fuego!

 

Ahora soy una prostituta y trabajo en esta zona, un área superpoblada del viejo Londres.

Corre el año 1666. El panadero del rey Carlos ll –John Faryna-  la noche del 2 de setiembre,  tiene el peor de sus olvidos. Terminada la tarea del día se retira a dormir en paz, sin advertir que abajo aún arde una flama. No ha apagado todos los hornos y como a las dos de la mañana las chispas procedentes de la panadería, incendian  un montón de heno almacenado en el patio.

 

De ese modo comenzó el gran incendio de Londres.

 

La gente mira las llamas sin que se altere demasiado.  Están acostumbrados, en virtud a las construcciones a que las  hace pasibles  este tipo de hechos.

 

-Madame, ¡tan bella, no puede estar  expuesta en este infierno!  –¿Me acompaña?-

-Yes Sir, con gusto

-¡Qué panorama tan triste!- comenta él,  después de ordenar a su chofer el destino.

-¡Muy lamentable por cierto!- contesta ella, mostrándose sobrecogida…¡Oh el  fuego, el fuego!

 

 

Sé que soy yo, pero mi apariencia es la de una afroamericana. Estoy elegantemente vestida, muy a la moda de los 40, acompañada de un hombre francés, que me mira enamorado. Estamos en un club nocturno  en Mississippi

-Belle dame, soy muy feliz

Le sonrío consintiendo, convencida que sus inmejorables atenciones es lo que más me agrada de él.

Un charddonnay de vieja cepa, engalana nuestra mesa. Las burbujas del espumante asedian nuestras copas.

 

De pronto una garganta  emite un grito casi gutural y un eco que no se hace esperar: ¡Fuego, fuego!

 

Gente que corre muy asustada, buscando la salida del local. Las llamas crecen inexorablemente. Son como una piraña, devorando su presa.  El primero en huir es mi enamorado. No hay tiempo para pensar ni sorprenderse. Sillas y botellas  ruedan por el piso. La distinción de sexos, allí no existe. Algunos caen, otros pasan por encima de los caídos. El fuego avanza. Cristales que revientan y personas que gritan y gritan.

Desde el piso alguien que suplica –¡Por favor, ayúdeme! Es una mujer,  la escucho pero sigo., aún no vislumbro la salida.

Por fin, la calle. Corro unos metros y agotada me detengo…Oh el fuego, el fuego.

 

 

Estoy en paz, sobre un lecho tibio.

 Me sobresalto. A mi lado un hombre me mira tranquilo. Es atractivo, pero no lo conozco

-¡Qué hace usted! ¿Dónde estoy?

-En el lugar que le corresponde…¡Bienvenida al infierno!