AdelaVila

Aquel banco de peces…

Y el placer literario

lo convierte en dolomita sagrada,

amordazando el aire.

 

Donde la noche se deja acariciar,

maestra de desnudos,

¿qué le importa el frío al inclemente desierto?

 

Al sonido de su alma

sucumbe la paz,

el aceitunado mar.

 

Ablanda la luna,

deshace la bravura,

retorna en mansa espuma.

 

Siento la mano que besa la tierra,

que me aprieta con fuerza,

¡y muere el amor!

 

Y me viste nacer,

¡y contamos los saltos del pez!,

y comenzó a amanecer…