ronald tadeo ramirez elizalde

𝐀 𝐋𝐀 𝐌𝐔𝐉𝐄𝐑 𝐐𝐔𝐄 𝐌𝐀𝐒 𝐀𝐌𝐎

Amor mío:

 

Aún conservo intactos los amaneceres que despertaban a tu lado, cuando la vida parecía un jardín floreciendo entre tus brazos. Guardo el fuego sereno de tu pasión, la ternura que habitaba en cada una de tus caricias, la delicadeza de tu entrega y la dulzura infinita de tus besos.

 

Todavía vive en mi piel el perfume de tu esencia; quedó impregnado en mi alma el milagro de ser mujer que llevabas contigo. Todo cuanto fuiste permanece en mí como la fragancia de una flor que, aun marchita, sigue perfumando el viento.

 

Pero hoy comprendo que aquellos días fueron un hermoso sueño del que inevitablemente tuve que despertar.

 

Nuestro amor nació puro, luminoso y fuerte, como un río que parecía destinado a llegar al mar. Sin embargo, las palabras que jamás debieron pronunciarse, las heridas del orgullo y los silencios que nunca supimos romper fueron apagando, poco a poco, aquella felicidad que creíamos bendecida por Dios.

 

¡Cuánto quisiera arrancarte de mi memoria! Pero hay imposibles que el corazón jamás aprende.

 

¿Cómo podría odiar a quien me enseñó el verdadero significado de la felicidad? ¿Cómo borrar a la mujer que compartió conmigo no solo su cuerpo, sino también sus sueños, sus miedos, sus ilusiones y su vida?

 

Sé que el tiempo irá borrando lentamente tu nombre de mis pensamientos. Aprenderé a vivir sin buscarte y quizá algún día deje de esperarte. Pero jamás podré arrancarte de mi corazón, porque allí echaste raíces profundas.

 

Basta el aroma de un perfume parecido al tuyo para que regreses de golpe, como una primavera inesperada.

 

Decirte que ya no te amo sería tan absurdo como decir que ya no necesito respirar.

 

Porque fuiste el aire de mis días, la calma de mis noches, la luz de mis amaneceres y la razón de muchos de mis sueños.

 

Despertaste mis instintos más profundos y las pasiones más intensas, pero también despertaste al hombre que aprendió a amar de verdad.

 

Y ahora me dejas navegando solo sobre un mar embravecido, sin brújula y sin puerto.

 

Qué extraño es el corazón...

 

Cuando más debería ayudarme a olvidar, insiste en abrir el baúl de los recuerdos para mostrarme aquellas noches en las que dormía entre tus brazos creyendo que la eternidad existía.

 

Y entonces me pregunto una y otra vez:

 

¿En qué instante comenzó nuestra despedida?

 

¿En qué momento dejé de notar que te estaba perdiendo mientras aún te abrazaba?

 

Jamás lo sabré.

 

Me entregaste lo más hermoso que una mujer puede ofrecer cuando ama con sinceridad: la confianza absoluta de su corazón.

 

No fueron el deseo ni la pasión los que me llevaron hasta tu cuerpo.

 

Fue el amor.

 

Un amor limpio, inmenso y verdadero.

 

Fue la inocencia de dos almas que creyeron haber encontrado su lugar en el mundo.

 

Nos abrazamos, nos descubrimos y nos pertenecimos con la pureza de quienes aman sin reservas.

 

Cada instante contigo tuvo el sabor dulce de la miel.

 

Cada beso parecía una promesa eterna.

 

Cada caricia era una oración silenciosa.

 

Y aunque nunca recorrimos juntos todos los caminos que soñábamos, construimos un universo donde bastaba mirarnos para ser felices.

 

Si Dios me concediera volver atrás en el tiempo, no cambiaría el destino.

 

Volvería a buscarte.

 

Volvería a enamorarme de ti.

 

Volvería a entregar mi vida por un solo instante más entre tus brazos.

 

Y si pudiera escoger un único recuerdo para revivir por toda la eternidad, elegiría cualquiera de aquellos días sencillos en los que simplemente existíamos tú y yo.

 

Hoy solo me acompañan los recuerdos.

 

Recuerdos tan dulces como la miel...

 

y tan dolorosos como la ausencia.

 

Si volviera a nacer, volvería a amarte.

 

Si existiera otra vida después de esta, volvería a buscarte hasta encontrarte.

 

Y si las almas pudieran renacer una dentro de la otra, pediría habitar en la tuya para no volver a separarme jamás de ti.

 

Pero la vida ha escrito un final distinto.

 

Y aunque mi corazón se niegue a aceptarlo, debo despedirme.

 

Adiós, mi más hermosa dicha.

 

Adiós, mi más grande amor.

 

Adiós, mujer de mis recuerdos...

 

y eterno refugio de mi alma.

 

Autor: Ronald Ramírez Elizalde