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magginela

Los segundos pasan...

Cada paso que avanzo es un paso más a dar. Cada respiro que doy es un aliento más vivir. Cada segundo que pasa es un precioso grano de arena que ha caído en el reloj, contando en ellos cada momento, cada instante en mi vida. Y los granos de arena caen y caen. No se detiene. La frustración me invade. Quisiera deternlos, quisiera frenarlos, pero es imposible. Caen de mis manos, incapaces de sostener el peso del tiempo. Miro mis manos, odiando su fragilidad. Odiando mi fragilidad. ¿Por qué soy incapaz de tener un segundo en mis manos? Y el tiempo pasa, no se detiene, avanza, presionándome cada vez más. Ahora la frustración se convierte en miedo. Observo la arena en el reloj, la montaña cada vez más pequeña, se va acumulando en el tiempo pasado. Y luego miro el montón caído, plenamente consciente de cada instante allí vivido. De cada momento pasado acumulado en ese montoncito de arena. Toda mi vida pasa a través de mis manos, incapaz de deternerla en un segundo. ¡Cómo no quisiera atrasar la velocidad de mi vida! ¡Cómo no quisiera deternla para siempre en ese segundo presiado, en ese segundo adorado! Los granos de arena brillan sonriéndome con ironía, mofándose de mí. Diciéndome en cada segundo que pasa lo poco y mucho que queda aún. Cada suspiro, cada sonrisa, cada palabra tiene un costo valioso. ¡Cuánto no daría por comprarle más granos de arena a mi reloj! Pero está sellado, completamente cerrado. Un suspiro de frustración se ahoga encerrado en el reloj. Sé lo que queda aún; vivir.